miércoles, marzo 15, 2006

Javier Rioyo, primer caballero mongoloide

El mundo cultureta es un mundo fardón y despiadado que funciona como la mafia, ya que sólo se matan entre ellos. Siempre me ha fascinado la absoluta falta de talento de algunos de sus mistagogos. Tal es el caso del verborreico y estreñido Javier Rioyo, ese hábil hombre orquesta que escribe para sus amigos en las páginas dominicales de El País, periódico que leo con frecuencia junto con El Mundo, Abc y la revista El Arma, eso cuando no cotilleo ciertas revistas femeninas pare enterarme, ya saben, de esos asuntillos que un caballero no debe mencionar jamás en público (he descubierto que la palabra muslo suele hace enrojecer a las señoritas que practican body building).

Personajes como Javier Rioyo son deliciosamente repugnantes. Hablan de libros como los fruteros de unas berzas de temporada, filman documentales con esa buena conciencia esquizoliberal del que lee a Flaubert en el retrete y dicen en perfecto -pero fingido alemán- Welteschauung y Doppelgganger (háganme el favor y revisen en un buen diccionario la grafía de estos dos palabras).

La biografía del caballero Rioyo, a partir de ahora mongoloide, es la siguiente:

Nace en algún de Galicia, donde Clío y Mnemosina le insuflan su amor por las palabras.

A los cinco años, tras una lectura de Roberto Alcázar y Pedrín se “hace comunista de toda la vida”. El infante no pasará por la inevitable fase en que uno lee a Hermann Hesse y se hace pajas. No, primero leerá a Chauteaubriand, no entenderá nada y comenzará de nuevo con Roberto Alcázar y Pedrín. Tras lo cual, sus padres le regalarán la colección completa de los cuentos de Calleja. Y le dirán: “Hala, niño, a escupir a la calle”.

El niño crece bajo pero intelectualmente vigoroso. Ya empieza a asomar esa mirada ratonil con la que empieza a asombrar a las amigas de su madre, a las que dirá cosas como está: “Mire, muñeca, hay dos tipos de hombres: los que tienen un revólver cargado y los que cavan. Tú cavas”. Curiosa cita que el niño aprende tras acudir con su amigo Miguelito (“el primer intelectual que quiso ser amigo mío”) al pase de El bueno, el feo y el malo y Jasón y los Argonautas. Nadie sabe cómo fue, pero ya entonces conocía el significado de las palabras hierofante y mitridatismo. Del cine de Sergio Leone aprende a dejarse barba de forajido y mirar a su entrevistado con la fijeza de un duelista al amanecer. Del peplum, a no descuidar sus rodillas y gritar “arpía reaccionaria” al loro del Ateneo de su ciudad. El chico ya es multidisciplinar, cultísimo y tirando a feo.

Termina el bachillerato con una nota excelentemente mediocre. Aprueba el examen teórico de gimnasia, pero suspende por no sabe jugar al fútbol. Está convencido de que “no es necesario jugarlo con los pies”. Años más tarde, durante una sesión de psicoanálisis, queriendo imitar a Woody Allen, descubrirá que es chachachá lo que pensaba que era fútbol.

Siempre amigos de sus amigos y amigo también de quien no lo quiere como tal –así fue siempre su proverbial bonhomía-, el joven Rioyo se compra una chaqueta de tweed y, en la universidad, comienza a comportarse como Oscar Wilde, citando a Neruda, Borges (hay que ver cuánto le gusta Borges) y Sartre. Como era verano en la Universidad Central, lo detienen por perturbar el orden de las acacias, bajo cuya sombra se ocultaba una muchacha francesa que lo creía un genio del género epistolar:

“Grande es la satisfacción que mi ánimo siente hacia vos, delicada criatura, por el tono de las últimas palabras que ahora me habéis dicho, y, si así place a la majestad divina, mi regreso será muy pronto para que aumente vuestra alegría, que así adornará mis pensamientos por la salud de mi alma. Y dondequiera que me encuentre, así podré tundir la carne que turba mi entrepierna”.

Al parecer todo es un malentendido y lo sueltan sin cargos. La Dirección General de Seguridad abrirá un informe en el que se indica: “No hay peligro de subversión. Ya ha leído a Marcel Proust. Marxista por razones sentimentales”. A pesar de todo, Rioyo necesita imperiosamente acudir a las barricadas del 68 como gesto de solidaridad con su propio país, ya que es indignante que “siempre haya pescadilla en el menú del día. Con lo poco que me gusta a mí, consumado gourmet, el olor acre y opresivo de las pescadillas”.

Allí, entre mañanas marxistas y tardes existencialistas –en las que fumaba Galoises y le daba por llamar Maga a una chica que había conocido en la cinemateca la noche anterior-, Rioyo comenzó a ganar implacablemente el campeonato de Screable que todas las primaveras se celebraba en el Quartier Latin. El segundo fue un escritor disléxico que confundía las palabras “amor” y “charcutería”. Asimismo, durante la fase postmaoísta que les sobrevenía a los que habían leído a Jüng, jugueteó con el hachís, lo que le elevó hasta cimas de insospechado lirismo. Fue así, durante una fumada en casa de Marquerite Duras, como Rioyo participó en uno de los primeros happenings que “lograrían convencer a esa salvaje manada libertaria de la necesidad de abolir la acre y opresiva pescadilla española”. Aquella noche le quitó la novia a Enrique Vila-Matas, no supo disculparse y le dijo que sólo quería imitar a Hemingway.

Pasaron los años y su francés mejoraba una barbaridad. Rioyo vivía ahora en una buhardilla con mansarda, muy parecidas a las de las películas de Jacques Tati. Tenía un gato, un vecino simpático pintor y un gorro de lana azul, que no combinaba muy bien con el suéter de cuello de cisne que se solía poner para tomarse un café en Maxim´s. A pesar de todo y para su fortuna, ese año comenzaron a ponerse de moda las gabardinas con las solapas levantadas, la cabeza un poco gacha, mientras a uno le embarga la fatalidad paseando por el Sena. Más tarde, cuando París era un estado del alma difícil de describir, durante todo un invierno se enclaustra en su refugio del Ampurdán con una botella de don Perignon y varias bolsas de Doritos. Tras mucho rato de encontrarse a sí mismo, Rioyo termina de escribir Por qué he tenido que ser un intelectual.

En esta obra, que nos descubre a un gran jugador de Trivial Pursuit, Rioyo repasa diez años de estrecha amistad con Stravinsky, Camus y un cuñado de Picasso que solía hacer unas estupendas barbacoas todos los veranos en Mallorca, durante las jornadas del premio Formentor. Allí Carlos Barral desconfía del joven que se acerca a Canetti para realizar unas correcciones de Masa y poder, que el viejo judío rechaza:

“Mire, pollo, mi abuelo inspiró muchos pogroms con gran sentido del humor. ¿Qué significa el término, asquerosamente subjetivo, mejor? Por ejemplo, al rabino le gusta dormir panza abajo. Al discípulo, en cambio, le gusta dormir sobre la panza del rabino. Aquí el problema es apodíctico. También es preciso señalar que pisar mi pie (como hace el discípulo en mi cuento) no es una forma rabínica de argumentar. Haga el favor, por Dios”.

Años más tarde, después de leer a Derrida y una nueva revista de filosofía y dietética, vuelve a España. Ya no es el joven idealista que abruma con sus convicciones estéticas a la dependienta de unos grandes almacenes, es un hombre hecho a sí mismo que ha pasado por todos los ismos con la que la grandiosa Francia condecora a los exiliados de sí mismos, hijos del mundo, cosmopolitas, que llevan en la frente el significado del ser en sí (Da sein) en contradicción con el yo cogito, con que el vulgo cartesiano y oportunista acoge a los que regresaban a España en oleadas de civismo y mundanidad.

Su primer contacto con el séptimo arte lo mantiene con un sobrino de Buñuel que a sus treinta y cinco años todavía lleva pantalones cortos. La amistad es instantánea, franca. Juntos comienzan a flirtear con el underground neoyorquino, los mensajes anónimos a miembros de la Velvet y un corto en formato cinexin que envían a todos los festivales de Australia. El título es revelador: Aquí estoy yo o ¡Cómo echar a Garci de televisión española! Su propuesta, aunque audaz, no acaba de ser comprendida por los retrógrados círculos intelectuales de Melbourne. Rioyo, desilusionado, se compra un pony con el que recorre el desierto.

España eclosionaba. El elegante y apuesto Luis Alberto de Cuenca comienza a escribir las letras de la Orquesta Mondragón; Arrabal se emborracha en un plató; y Ramoncín aún no ha comenzado a presentar el Lingo. Todo es creatividad por todas partes y por todas partes se mete Rioyo, que empieza a frecuentar la vieja casona de Velintonia. Como no le han dejado presentar La Bola de Cristal, le pregunta a Vicente Aleixandre por la incomprensión de sus paisanos. El viejo maestro, que sabía de sus preocupaciones, le ignora completamente, pero le deja presumir de amistad. Es una época dura en la que aspira a que Umbral le cite en sus famosas columnas de El País. Su vida de desgarramantas está a punto de acabar con un maduro Rioyo incapaz de encontrar un lugar en el mundo.

Es entonces cuando comienza su vida como tertuliano en Qué grande es el cine. Carlos Boyero le enfila desde el primer momento y lo describe como “un botarate que no para de hablar de Faulkner”, pese a lo cual no deja de sentirse muy del profundo sur (Oh mammy blues). No se lleva bien con sus contertulios, que prefieren hablar de la precisión de ese plano, o del plano secuencia o de su vida como chaval de posguerra que comía pipas –los calcetines tristes y caídos- mientras se ponían brutos con las exquisitas muñecas de Audrey Hepburn. Aunque se le tolera, la exigua cuota femenina del programa de Garci no llega a interesarle. Garci lleva mejor la americana con zapatillas Reebok y el actor Fernando Guillén tardaba mucho tiempo en soltar una inspirada obviedad. Y así no había manera. Él, que venía a hablar de Faulkner y sin plagiarlo. No había manera.

Es una época en que intenta ser de todo: descubridor de tórridos trópicos literarios, flanêur a tiempo parcial en las cadenas de librerías Crisol, comensal gorrón en cenáculos artísticos y musicales, así como caminante solitario en esas crudas mañanas de resaca que ha cantado Sabina para escarnio de este intelectual que presenta Extravagario.

Por estos motivos Javier Rioyo se hace merecedor de la muy alta distinción de la noble Orden de los Caballeros Mongoloides.

Addenda: También se le distingue con la Real Enseña de la Magufería, por citar a Pasolini a altas horas de la madrugada. Que venga Arcadi Espada y lo vea.

¡España prevalece!

Klaus Kinski se hace perdonar

Otro de los libros que estos días ocupan mi atención es Yo necesito amor, memorias de ese actor inclasificable, algo perturbado y uno sospecha que también un poco mentiroso, llamado Klaus Kinski.

Para empezar, uno nunca pensaría en la posibilidad de leer sobre la vida de este actor de cara atrabiliaria, en perpetuo estado de náusea física, que se ha caracterizado por las interpretaciones expresionistas en papeles como Aguirre, la cólera de Dios. Todos recordamos sus papeles menores en películas de renombre, su manera de captar nuestra atención, su aroma hediondo, esa mirada vesánica de aquel que en cualquier momento puede atravesarte la garganta con un cuchillo.

Sobre el papel Klaus Kinski, descubrimos a una persona al que sólo le mueve el dinero, muy impulsivo, capaz de ternuras extremas pero al que casi siempre sorprendemos en afirmaciones brutales. “Me lleva a casa para follar. De paso, me quedo a vivir con ella”, afirma sobre una chica que conoce en el Berlín de posguerra. Kinski tuvo una infancia tan dura como la que tenía el niño de Alemania, año cero, marcada por la hambruna y la miseria. Cuando habla de los warschauer (pastelillos de guerra) uno se aproxima con cierta verosimilitud a la idea física de hambre:
Están hechos de pedazos, a menudo quemados, de bizcochos, de las migas que desprenden el pan y las pastas, y de lo que los panaderos recogen al barrer el suelo y limpiar el mostrador. Hacen una masa con todo ello y la meten en el horno para que tome consistencia. Un warschauer como es debido, que tiene el tamaño de un pan de molde y que debe comerse con cuidado para no tragarse pelos de escoba, astillas de madera o metal, jirones de papel o incluso cristales cuesta 20 pfennings.

El dinero es una obsesión, como el sexo, con el que baña lujuriosamente la mayor parte de sus páginas. Su infancia neorrealista recoge episodios de iniciación descritos con la voz de un viejo verde al que le tiembla el pulso por desafiar toda convención literaria. Es como cuando describe su paseo por una huerta a las afueras de Berlín, su lucha contra un perro que la vigila –ahí asoma el psicópata que experimenta empatía con las bestias- y con el cual se enfrenta:

“Ahora, la mirada de mi contrincante está justo delante de la mía. Nuestros labios casi se tocan. Entonces, desesperado, le muerdo yo también. Primero en los belfos. Noto en mi boca la carne caliente y babosa. Como eso no sirve de nada, le muerdo el hocico hasta que pega un aullido y el cepo de sus dientes se abre por un instante”. Tras lo cual, Kinski le hace una llave de lucha libre y le ata la mandíbula. “Lo siento, chaval, donde las dan las toman”, dice, para escapar, “sangrando como un cerdo degollado”, a una huerta vecina donde experimenta una epifanía:

“Agarro la rama y saco el pecho hacia arriba. Tengo los pies profunda e irremediablemente hundidos en el ramaje de encima y detrás de mí, de modo que mi abdomen pende como un puente colgante sobre el abismo espinoso. ¡Unos cuantos centímetros más y lo conseguiré! Pero lo que veo me corta el aliento: ¡veo mujeres desnudas! Estoy demasiado cachondo para contarlas, pero creo que debe de haber entre diez y quince. Están repantigadas en tumbonas, sentadas en sillas o echadas en el suelo sobre toallas” (…)

Kinski es un erotómano descomunal y un minucioso y perverso dibujante de escenas femeninas. Las escenas sexuales jalonan cada episodio de su vida. El cine es apenas un ajetreado y molesto intermezzo entre sesión y sesión. Los directores, la industria, los actores, nada le gusta al actor alemán, que se entrega continuamente a exagerados ejercicios de egolatría. No es un mal padre, pero su inestabilidad económica, producida por su alto nivel de vida, le obliga a trabajar en producciones que no le interesan. Tal vez Kinski esté exagerando cuando dice:

“He vuelto a cambiar de coche. De siete Ferraris, me he cargado cuatro, y ahora me dispongo a cambiar mi sexto Rolls por otro Ferrari. En el último cambio perdí unos 40.000 marcos. En los cuatro años que llevo en Roma he comprado y cambiado dieciséis coches. Tres Maseratis, siete Ferraris y seis Rolls Royce. En la casa me he gastado más de 300.000 marcos, a pesar de que no es mía. Tengo a siete personas a mi servicio: un chofer, un jardinero, dos criadas, un mayordomo, una cocinera y una secretaria”.

El personaje no carece de interés. Su vida por una Europa lounge donde el lujo acostumbra a ser una necesidad, nos devuelve la pálida memoria de una parte del mundo que vive ajena a la guerra de Vietnam, y en la que futuros grandes directores como Werner Herzog tratan de convencerlo de participar en sus películas. Kinski es un gran observador y sus opiniones nos convencen de que estamos ante un gran farsante que se enmascara de malditismo. No se cree peor que el director alemán, en el que descubre a un hábil manipulador pagado de sí mismo (años más tarde, en el documental Enemigo íntimo, Herzog se resarcirá de todas las putadas que el actor le inflingiría).

La psicología de Herzog está muy bien descrita, es implacablemente sincera cuando acude a la casa de Kinski para convencerle de su participación en Aguirre, la cólera de Dios. Kinski, por supuesto, manifiesta su propio divismo con observaciones certeras. Herzog es un tipo”cohibido” que habla de una forma “plumbea”, atropellada y fragmentaria, como si escupiera “cascotes de palabras”. De su mente, sólo salen “mocos mentales resecos. Luego se contonea en doloroso éxtasis, como si tuviera llenos de azúcar sus dientes podridos”.

Kinski, con esa lucidez que poseen las personas nerviosas, no entiende nada de lo que le está hablando y se plantea “partirle la cara”. Piensa que está enamorado de sí mismo. Así que, cuando cree que ha llegado el momento en que Kinski ya comprende “lo cojonudo que es”, Herzog le empieza a describir las condiciones de trabajo -muy duras- como si le estuviera “leyendo una sentencia”. Todos los del equipo, afirma el director, van a seguirle sin pestañear, “a él, Herzog”.

“Película o muerte”, asegura con “la osadía de los imbéciles”. Al mismo tiempo que cierra los ojos, tolerante, ante los abortos de sus delirios de grandeza. Finalmente, se convence de que está ante una persona “cazurra, encorsetada, acartonada, deprimente, aburrida y fanfarrona”.

Excesivo, maniqueo, solipsista, Kinski es un pequeño y asustado criminal al que le asaltan visiones maravillosas e intuiciones, un hombre ultrajado que sabe lo que ha perdido. Derrotado, sin público, castigado por su fama de intratable, las últimas páginas de Yo necesito amor parecen escritas por un Santo Tomás de Aquino pasado de MDMA. Su misticismo, perverso por su forma de manifestarse, aspira a la salvación a través de delirios pedagógicos:

“Los niños son la única esperanza de salvación, de escapar a la fatalidad de este sistema mortífero. Sólo ellos pueden traer la salvación a los adultos. A los niños no habría que inculcarles respeto ni obediencia, ni habría que tenerlos miedo…”

Está hablando de sí mismo, haciéndose perdonar por lo ameno de su biografía.

Novela que casi nadie lee

Siempre tengo abiertos varios frentes de lecturas. Me gusta zapear libros. Repartirlos por toda la casa –la mesilla, las estanterías, el viejo baúl del salón, el sillón- y entregarme caprichosamente a su escrutinio. Llevo estos días enfrascado con Tirante el Blanco, ese libro que nadie lee y conocemos por los viejos planes de estudio del bachillerato. Es la cumbre de la novela de caballería, el único en su género que en El Quijote se salva de la pira censora del cura y el barbero. “Es el mejor libro del mundo”, diría Cervantes.

Desde el punto de vista de la estructura, es un libro ambicioso que contrasta con el registro de defunción que se ha expedido en nuestra época, que lo ha embalsamado con el aceite rancio de la ignorancia. Sorprende la disparatada vitalidad de este cadáver. ¿Hace falta decir que Cervantes no quiso acabar con este tipo de novela?

Mario Varga Llosa, en el prólogo de la edición que manejo, coloca al valenciano Joan Martorell como el primero de “esa estirpe de suplantadores de Dios –Fielding, Balzac, Dickens, Flaubert, Joyce, Faulker- que pretenden crear en sus novelas una realidad total”. Tirante el Blanco es el intento descabellado como la que aquel personaje de Borges que quería construir un mapa del mundo a escala natural.

Por supuesto, es una novela de caballería, aunque menos inverosímil. Apenas se registran sucesos sobrenaturales, salvo algún añadido que los filólogos han atribuido a Martí de Galba. También, pese a sus anacronías y hechos falseados, es una novela histórica, pues se han identificado monarcas, acciones y lugares que Martorell ha robado a la crónica de su época. Pero ¿cómo fiarse de una Inglaterra invadida por la morisma en sus primeros capítulos? Cuando al conde de Varoic se le aparece la Virgen para que socorra al rey inglés, ¿no nos estamos instalando en la superchería?

Vargas Llosa se pregunta también si no estaremos también ante una novela militar. El Tirante recoge todos “los secretos de la brutalidad de su época”. La cantidad de información que proporciona sobre los usos y costumbres militares es tan pormenorizada que otro tipo de obras –sobre todo películas- pecan de inexactitud. Esta novela describe el arte abyecto de la guerra con una precisión caudalosa y bestial. La educación del hijo del conde de Varoic puede resumirse en tres lecciones: recién nacido, se le golpea para que llore por la partida de su padre y haga suyo el dolor de su madre; de niño, su padre le obliga a rematar a un árabe enemigo, tras lo cual lava con la sangre del muerto; ya joven, se dispone a participar en un torneo y derrota a todos sus adversarios. Como advierte Vargas Llosa, también el entramado estratégico es vario y sorprendente. Una batalla puede ser ganada cambiando por jabón y queso la punta de los pivotes de ballesta del enemigo. La violencia, convenientemente estilizada –no puede dejar de pensar en Kill Bill- es generosa en su descripción. Durante el sitio de Rodas, sus habitantes comen gatos y ratas, a menudo los sesos chorrean “por los ulls y las orelles”y el número de mutilaciones y miembros cercenados superaran lo que podríamos soportar en una pantalla de cine.
Cierto, señala Vargas Llosa, también podría ser una novela social o costumbrista. Tirante tiene algo de comedia humana a lo Balzac. En su abigarrado interior, encierra una visión completa de su época, con sus estamentos sociales, sus costumbres religiosas y el ascenso de las clases más bajas –relegadas a un incipiente papel secundario-, con la que comienza a mostrarse esa tensión social característica de la novela moderna. “Es un maniático y perverso entomólogo”, afirma el escritor peruano, a propósito del repertorio de usos y costumbres de una época que asiste al nacimiento de los primeros burgueses con aspiraciones o a la lucha de gremios y artesanos que alborotan la escena política medieval, aunque por fecha de publicación debemos entender que el Tirante es una novela renacentista y, por lo tanto, muy humana.

Tan humana que cabe pensar también que es una novela erótica, pues el sexo tiene un papel primordial, más aún si cabe que la guerra. Al principio de la obra, casi no aparece. Poco a poco, hasta que Tirante toca por descuido los pechos de la bella Agnés al quitarle un relicario, el sexo se desborda por la variedad y la fantasía: desde el diplomático amor cortés de palabras apenas susurradas, al puro desmadre orgiástico, el sexo sin preliminares, fetichismo, lesbianismo, intentos de violación, voyerismo, juegos éroticos, incesto. No aparecen prostitutas pero, como sugiere Vargas Llosa, “el amor tiene casi siempre implicaciones mercenarias”. El sexo vale tanto como las monedas que los personajes intercambian.

En cualquier caso, Tirante vale como novela psicológica en la medida en que lo hace, por ejemplo, Los Soprano, en donde se profundiza en la psique de unos personajes ajenos por completo a nosotros para atravesar la carne sensible que descubra su origen y sus motivaciones. De forma gradual y justificada, ahorrando en adjetivos, se nos dibujan comportamientos. La narrativa contemporánea pocas veces ha demostrado tanta delicadeza, tanta sabiduría en la puesta en marcha de unos personajes que se individualizan con la certera narración de sus actos.

Y en eso no disculpamos a tanto guionista de cine y televisión, a tanto novelista arbitrario, incapaz de insuflar vida al torpe gólem de su creación.

V de Vendetta

Me informo de la inminente aparición en nuestros cines de la adaptación de V de Vendeta, esa obra maestra del cómic de los ochenta creada por David Lloyd y Alan Moore. Tengo en mis manos la última edición de esta obra que bebe directamente de la literatura utópica –de Tomás Moro a Orwell, rindiendo tributo por si fuera necesario a Swift o los seguidores de Capitán Ludd, esos protorrevolucionarios de la era industrial que saboteaban las máquinas como forma de protesta contra sus patronos.

En cualquier caso, pienso en la conveniencia de adaptar una historia que, tras una minuciosa relectura, me convence de la imposibilidad de ser comprendida hoy en día en su totalidad. Hablemos de V, el misterioso y sonriente terrorista que, tras un holocausto nuclear a escala global, atenta con el estado totalitario que controla Gran Bretaña. V viste como Guy Fawkes, quien en 1605 conspiró contra el rey Jaime I y las cámaras del primer parlamento que tuvo la humanidad civilizada. El 5 de noviembre de ese año tuvo lugar el “complot de la pólvora”, tras el cual Guy y sus seguidores fueron ejecutados por traición. Desde entonces, cada 5 de noviembre, los ingleses celebran una fiesta en la que queman un muñeco de Guy Fawkes.

V es más que un conspirador regicida. Es la anarquía (que significa sin líderes, no sin orden) que trae consigo la edad del Ordung, el orden real, el orden voluntario…

¿Quieres hacer el favor de callarte?

Es moneda corriente entre las personas informadas sostener que vivimos en una sociedad deshumanizada y que esto viene a reflejarse en la falta de comunicación que existe entre sus individuos; ya nadie habla con los demás. Es posible que con ello quieran referirse, si creemos en la realidad que nos circunda, que a pesar de haber una cantidad desorbitada de información, la verdadera comunicación está impedida, quizá incluso por ese océano de palabras y mensajes en que nos movemos a diario; existe un exceso de ruido de la máquina que impide la verdadera comunicación, o mejor, los canales de comunicación han terminado por contaminar el contenido de la misma, deshumanizándola, desnaturalizándola, llenándola de entropía.

Sucede justamente al contrario.

Vivimos en una sociedad saturada de relaciones interpersonales y de comunicación personal e íntima. No se trata sino de un exceso de ruido del alma que, por ese mandato de comunicación interpersonal, se ve autorizada a sacar impúdicamente lo más recóndito de sí.

No se trata de buscar culpables porque, como dijo el poeta, es “castigar tierra sorda”, pero por indicar alguna genealogía de este estúpida actitud, puede señalarse que el psicoanálisis fomentó la idea de que hablar de lo privado ayuda a la salud del alma.

Nuestra película

Según un estudio realizado en Estados Unidos, muchas personas de ese país sufren depresiones porque consideran que sus vidas no darían juego para un buen guión cinematográfico. Así planteado, el asunto parece el enésimo ejemplo de la estupidez americana. Aunque si vamos más allá de este primer juicio superficial, quizá advirtamos que se trata de una realidad que todos experimentamos en ciertos momentos.

La natural inclinación del hombre por imitar produce en nosotros el deseo de identificarnos con aquello que percibimos como admirable y deseable. Todas las artes visuales, especialmente el cine, así como la narrativa en todas sus formas, e incluso la poesía, son ventanas privilegiadas a través de las que nos asomamos al mundo de lo deseable. Y nos deprimimos cuando caemos en la cuenta de que las circunstancias de nuestra vida nada tienen que ver con las de esos personajes que vemos desde tales ventanas, que nuestra vida es vulgar y rutinaria.

Cuando caemos en la cuenta de lo que nos ocurre a nosotros es brutalmente vulgar, brutalmente real –que tu padre está grave en el hospital, que no te gusta tu trabajo, que se te ha inundado el piso-, nos sentimos muy insignificantes. Eso sí, seguimos yendo al cine.

“La verdad no hace tanto bien en el mundo como daño hacen sus apariencias”, dijo La Rochefoucauld, quien nos “consuela a fuerza de ser pesimista como nosotros”, según dijo de él ese gran crítico que fue Sainte-Beuve.

Posibilidad de un paisaje

Viajo durante el fin de semana a Zaragoza para visitar a mi padre y su mujer. Lo hago de improviso, con una falta de imprevisión indigna de un diplomático. Llevamos casi dos años sin vernos. Eso da la medida de mi carácter, errático, volátil. Soy lo que se dice un malqueda, alguien que puede aparecer o no, que puede fallar o no, en los momentos decisivos.

Pasamos un fin de semana estupendo. C. está encantada de hacer noche en Garrapinillos. Por su parte, Boni, que es una excelente nadadora, se lo pasa de fenómenos chapoteando en el antiguo canal, proyectado, me cuenta mi padre, en la época de Carlos III. Todo alrededor es de una belleza melancólica: los viejos olmos que lamen la margen izquierda, el camino que por la margen derecha se extiende por la llanura hasta un viejo puente de piedra, dos cipreses solitarios que parecen pintados por De Chirico, la misma luz, que cambia al paso de unas nubes viajeras y va alternando el drama de una escena irlandesa con la claridad de un paisaje provenzal. Y al fondo, el Moncayo, que en los días claros su cumbre se adivina como un centinela negro.

Los años le han dado empaque de actor de cine negro, ancho y cargado de espaldas, barba entrecana de lobo viejo, risa de vagabundo y una mirada rápida que lo delata como un observador preciso. No sé qué verá cuando mira a este hijo suyo. Nos separamos hace muchos años, siendo yo un niño; volvimos a encontrarnos, en esa época en la que uno no sabe muy bien adónde ir; poco a poco, hemos ido recuperando una relación censurada por el infortunio. Toda mi infancia acaso ha sido un malentendido.

Mi padre, decía, tiene empaque de actor de cine negro. Si le sorprendo de perfil, puede llegar a recordarme a Jack Nicholson. Tiene ese timing nervioso en sus manos, con las que modela argumentos que acompaña con descriptivas onomatopeyas. Conversa como lo haría un mimo, con esa gramática prelógica del chasqueo, el silbido y la música. Alma de tahúr tiene mi padre, al que sorprendo en súbitas en carcajadas al término de una broma, como al Falstaff que Orson Welles interpretó en "Campanadas a medianoche".

Milosevic

“Casi ningún cobarde conoce la amplitud de su cobardía” (La Rochefoucauld)

jueves, marzo 09, 2006

Match day

Le he regalado a F. mi Xbox, maravilloso artefacto con el que he pasado venturosas tardes de ocio. Juegos como Caballeros de la Vieja República (primera y segunda parte) me llevan a pensar que los nuevos narradores plasmarán sus historias a través de estas prodigiosas máquinas capaces de instalarnos en la pura especulación narrativa. El videojuego es un refinado soporte simbólico y un campo de estudio por explorar.

Ayer, en casa de M., mientras contemplaba el partido entre el Real Madrid y el Arsenal, tuve una sensación extraña. Inducido quizá por mi escasa afición por este deporte que se juega con los pies –cuestión que siempre me ha fascinado-, comencé a sentirme (¿cómo decirlo?) frustrado, impotente ante el desarrollo mismo del partido. No es que el Real Madrid no hubiese marcado aún un gol y yo desesperara por la inevitable resolución del conflicto. El fútbol, ya lo he dicho, no me interesa. Soy insensible a su épica. Lo que me estaba sucediendo –pero no era consciente de ello- es que mi impotencia se producía porque inconscientemente proyectaba sobre los jugadores una ilusión de control similar a la que experimento cuando me entretengo con un videojuego.

Una parte de mi cerebro, entrenada desde que era niño para manipular píxeles sobre una pantalla a través de una interfaz, trataba en vano de que Raúl se moviera en una dirección determinada. En algunos casos, mi mente fantaseaba con movimientos imposibles y tácticas delirantes que, en ningún caso, podían resolverse con mi pensamiento. Sólo podía quedarme sentado y ver cómo el Real Madrid jugaba a la desesperada en un partido que yo trataba de controlar como un videojuego.

Cierto, yo no tenía interfaz, pero no importaba. Mi mente hizo clic y entré en esa fase mental en la que uno se abstrae del mundo que lo circunda. A eso se reducen los videojuegos, a la suspensión espacio temporal de las leyes que rigen el universo cotidiano. Hice clic y por un momento entre en “el trance del juego”. Por un momento, yo no era Raúl, era un videojugador tratando de controlar la figura de Raúl o cualquier otro jugador sobre un campo de césped virtual.

Eso me lleva a pensar en cómo se están transformando nuestras estructuras cognitivas. Es relevante el hecho de que yo no soy un tecnófilo empedernido y mucho menos un geek. Mal que me pese, soy un hijo tardío de la galaxia Guttenberg y mis estructuras mentales se apoyan sobre la cultura del libro.

El borrador del ensayo que estoy escribiendo sobre los videojuegos, al menos en la primera parte que estoy desarrollando, trata sobre ese “estado de trance” que experimentamos física y emocionalmente cuando manipulamos un videojuego. Ese trance, similar al que sentimos cuando leemos un libro, contemplamos un cuadro o visionamos una película, posee unas características particulares en el caso de los videojuegos.

Lo primero que destacaría del acto de jugar a un videojuego es que posee unas reglas características. Es parcialmente falsa la afirmación de que un videojuego es una historia en la que podemos intervenir. El videojuego no tiende a ser una película y si constituye una historia es para impulsar la idea misma de juego. Esto es apreciable en los primitivos juegos desarrollados en los años 70 y 80, donde toda información histórica se nos muestra como un mero excipiente de lo que realmente importa. Un juego como Pac Man nos puede informar de que uno de los fantasmas que continuamente nos persiguen se llama Pinky, pero resulta anecdótico para la finalidad misma del juego, que es devorar todos los puntos de la pantalla para pasar a otro nivel de dificultad.

No en vano la mayoría de los juegos consisten en matar o destruir. Esto es así porque hasta tiempos muy recientes la lógica del videojuego se sustentaba en la acción. Jugar es decidir la acción más conveniente para seguir jugando en un entorno que siempre se muestra hostil. La acción más sencilla en un videojuego es el acto de desplazar un personaje pixelado por un universo que posee unas reglas físicas muy específicas. En el caso de Pac Man, cuya interfaz era un mando que se podía desplazar hacia cualquiera de los puntos cardinales, las leyes de la física eran muy sencillas y sólo podían variar si capturábamos uno de los cuatro puntos de mayor tamaño. Entonces nuestro acosado monigote amarillo podía devorar a sus enemigos o aprovechar esa patente de corso para capturar más puntos con absoluta impunidad.

No esta claro, no obstante, que la lógica del juego sea la acción. Muchos juegos prescinden de la necesidad de matar o destruir. Tetris es un claro y perverso ejemplo de abstracción lúdica en la que no es necesario acabar con el contrario. Sin embargo, en un plano simbólico, el universo de Tetris es completamente hostil. El enemigo, al que no vemos –pues es el juego mismo-, va dejando caer las piezas de un puzzle geométrico que debemos completar en un tiempo ilimitado. La distribución de las piezas que se nos ofrece es aleatoria, pero obedece a unos patrones logarítmicos bien determinados por su programación. El desafío es ordenar en líneas cada pieza que la computadora ha determinado ofrecernos. El enemigo es sutil: la velocidad con la que caen las piezas, su forma o, ya en niveles avanzados, la aparición repentina de puntos o líneas que complican nuestra tarea. Moralmente, Tetris puede ser tan violento como cualquiera de esos trepidantes juegos de lucha del tipo Street Fighter.

Pero la gran mayoría de los que juegos a los que nos hemos enfrentado en nuestra vida consisten en matar o destruir. Esto ha sido así porque el tipo de acciones que se podían realizar estaban limitadas por la programación y el soporte físico en el que se desarrollaban. Para empezar, los juegos ocurren en una pantalla. Esto implica que la mayor parte de la información que recibimos es visual. En este caso, es inevitable que la acción básica sea comer, destruir o matar todo aquello que aparece en pantalla. Los patrones logarítmicos para llevar a cabo estas acciones son muy sencillos. Durante la época clásica de los videojuegos –los primeros años ochenta-, la lógica del videojuego era siempre la misma: la amenaza de ser destruido y la posibilidad de evitar o destruir la amenaza. Sin conflicto, el videojuego no existiría. Y el conflicto más básico que se puede plantear es el del combate.

La pedagogía académica que ha estudiado el fenómeno de los videojuegos contrasta con la visión negativa que han tenido hasta fechas muy recientes. Esto ha empezado a cambiar. Ya no nos extraña abrir el Abc Cultural y encontrarnos con una sección dedicada a los mismos. Al videojuego le ha pasado lo mismo que al cine en sus orígenes. De banal entretenimiento despreciado por la elite cultural a pujante sector industrial y tecnológico. Es ahora cuando comienza a advertirse la variedad y riqueza de enfoques con las que se estudian los videojuegos. Hemos empezado a darnos cuenta de que estos artefactos nos devuelven una cierta visión de nosotros mismos.

A pesar de todo, una opinión mayoritaria sigue teniendo una concepción negativa del ocio electrónico. Se aduce que los juegos son violentos y por lo tanto sus usuarios son susceptibles de desarrollar conductas antisociales. Parecen remitirnos a los tiempos de la psicología conductista de los años 50, a Skinner y Walden Dos. La psicología cognitiva y otras ramas de la psicología llevan años estudiándolos. Los resultados que arrojan son muy interesantes y destacan por sus aspectos positivos. El videojuego desarrolla habilidades psicomotrices, espaciales, fomentan las tomas de decisiones, la capacidad de previsión y organización, así como el cálculo y la lógica.

Una forma de expresión como el videojuego, con su potente carga simbólica, es susceptible a la censura. Un juego como GTA: San Andreas –no ha sido el primero ni será el último- se expuso hace un par de años a las críticas y a la censura del ala más extremista del frente republicano de Estados Unidos. Olvidan que el juego es una representación simbólica, una ficción electrónica sin consecuencias trasladables al mundo real. ¿No es menos peligrosa la propaganda política sobre la guerra preventiva que aparece en un reciente juego de estrategia bélica?

miércoles, marzo 08, 2006

Sueños infantiles

El noveno arte, llamado así por sus defensores, nace en 1896 de la pluma de Richard Felton Outcalt, quien dibuja la primera viñeta de The Yellow Kid para el suplemento cómico del diario neoyorquino World. Descaradamente racista, esta primera manifestación de arte secuencial –definición que tomo prestada de Will Eisner-, asombra por la ingenuidad de su chiste, tal y como hoy podría hacerlo una monja clarisa en una rave party en Alcobendas.

En lo personal, el cómic constituye una de mis primeras pasiones intelectuales, junto a cierto tipo de literatura divulgativa –el Libro Gordo de Petete, el Manual de los Jóvenes Castores- que devoraba en mi infancia. La lectura de cómics fue tan abundante en aquella época que durante un tiempo decidí, lleno de convicción, que de mayor me convertiría en superhéroe. Desafortunadamente, no logré desarrollar los poderes suficientes para combatir al Mal ni soporté el suficiente entrenamiento físico para transformarme en un héroe a secas. Nunca me picó una araña radiactiva ni me expuse a una lluvia de rayos cósmicos durante el transcurso de un viaje interestelar, pero sobrevive en mí cierta fijación por las mallas coloreadas y las capas de caída espectacular, así como por el lenguaje pomposo: “No podrás detenerme, abyecta criatura de los abismos”. Más tarde, dotado de la inteligencia que suele concederse a algunos individuos, logré interesarme por el cómic para adultos, abundante en escorzos ginecológicos y más violentos que un genocidio serbio o alemán.

Nota bene: Mi nickname no es casual. El Hombre Molécula es un personaje del universo Marvel, un hombre apocado y débil que un día descubre que es capaz de manipular la materia a su antojo. Como personaje nunca me interesó, pero me parece una metáfora recurrente en mi vida. El escritor argentino César Aira presenta un personaje similar en El Mago.

Para recordar en tiempos de crisis

No postular jamás una teoría del mundo cuando uno está en horas bajas, cuando se soporta una vida de carencias. Convertimos en abstracción lo que no tenemos, como si disfrazáramos un resentimiento con el elegante traje de la teoría.

Ornitocidio

Yo tenía ocho o nueve años, era primavera y ese fin de semana había ido con mis abuelos al chalé que teníamos en Los Molinos. En aquella época del año era raro que alguno de mis amigos estuviera por allí con sus padres, así que estaba solo y de alguna manera tenía que entretenerme. No se me ocurrió otra cosa, dada la fascinación que yo tenía entonces por las armas blancas, que fabricarme un arco. Para ello emplee lo que tenía más a mano: una dura y flexible caña de bambú que el jardinero había cortado y que encontré entre los restos de la poda del invierno, una goma que corté de una carpeta y unas finas varillas de madera del armazón de una cometa que nunca había conseguido hacer volar. Apoyando uno de las puntas en el suelo, mi pie como tope, y doblando la otra con al brazo, pude tensar la caña, a la que previamente había practicado dos hendiduras con un cuchillo, donde colocaría ambos extremos de la goma. Varias vueltas de cinta aislante reforzarían el conjunto, hasta dotarle de la solidez necesaria. Luego afilé las puntas de las varillas con ese mismo cuchillo y las endurecí al fuego, tal y como había visto una vez en televisión. Las plumas de la flecha las fabriqué con cinta aislante. De esta manera conseguí equilibrar su vuelo. Mis primeros ensayos los realicé sobre la corteza de un árbol a una distancia de diez metros. Aquello parecía funcionar.

Tras varios intentos, logré calibrar mi puntería, animándome a aumentar la distancia, hasta conseguir acertar sobre el blanco a nada menos que veinte metros. A pesar de todo, el arco no poseía la suficiente tensión para arrojar con fuerza los proyectiles. La elasticidad de la goma era en realidad la responsable de que mi arma funcionara y de que consiguiera clavar los dardos en la blanda corteza de los pinos. No estaba mal, a pesar de todo, para un niño de ocho o nueve años.

Pasé toda la mañana disfrutando de mi invento, imaginando batallas, escondiéndome en las arizónicas para sorprender un venado imaginario o huyendo heroicamente de enemigos invisibles. Pero pronto me cansé de aquel juego que no podía compartir con mis amigos. Las puntas de las flechas, además, se estaban desgastando y ya no conseguía clavarlas como al principio. Cuando el aburrimiento y el capricho ya estaban haciendo mella en mí, un ruido en la ventana llamó mi atención. Al acercarme en silencio pude escuchar el sonido de un gorjeo surgiendo de la parte superior de la persiana. Era normal. Todos los años mi abuela descubría nidos en los lugares más insospechados de la casa. Empujado por mi maliciosa curiosidad infantil, hurgué con un extremo del arco en el cajetín donde se enrollaba la persiana. El ruido que producía parecía alarmar al ave que se encontraba en su interior. Insistí con mis amenazantes exploraciones. No veía nada, pero sabía que había algún lugar por el que se introducían el pájaro. Quería verlo, sacarlo de allí, acariciarlo. Cuando creía que nunca lo conseguiría, un bulto de plumas cayó al suelo, a mis pies.

No era como yo me lo imaginaba. La criatura que se revolvía en el suelo era una cría implume cubierta por unos pelillos grisáceos. Yacía boca arriba, indefensa, y gorjeaba desesperadamente. Miré a mi alrededor, más por miedo a que me descubrieran que por tratar de descubrir a su madre. ¿Qué hacer? El animal, entretanto, agitaba sus alas tratando de incorporarse, con un gorjeo insistente que empezaba a asustarme. Pensé en devolverlo a su lugar, pero no lograba encontrar la localización exacta de su nido. Tendría que hacerme cargo de aquella criatura, adoptarla, algo que sabría no me permitirían. ¿Qué hacer?

Resolví que tendría que deshacerme de ella, matarla antes de que me descubrieran. Miré el arco, sopesándolo varias veces y, dirigiéndole la mirada, lo tensé. Al principio no me atreví a apuntar a aquel animal, un pudor me lo impedía. Aquello iba a ser un asesinato. Yo lo sabía y eso me llenaba de pensamientos pavorosos. Era muy probable que yo no recibiera castigo por aquel acto que, finalmente, ejecuté con frialdad.

Disparé la primera flecha a quemarropa, sobre la vertical, que se clavó superficialmente en el muslo. Después de mi primer y fallido primer ataque, la expresión del pájaro era una mezcla de incomprensión y dolor que no podía ser pronunciado. Después, abrió el pico, gimiendo mudo, hasta relajarse agónicamente. Tras observarlo durante unos instantes, volví arrojarle uno de mis dardos. En esta ocasión logre penetrar el pecho, pero a pesar de todo, continuó viva con una horrible expresión que parecía denunciar mi crueldad. Un hilillo de sangre brotaba de ambas heridas.

Tres, cuatro, cinco flechas y el pajarillo seguía vivo. Estaba prolongando su tortura hasta límites que ni yo mismo soportaba. Inesperadamente, la sexta atravesó limpiamente su cabeza, convirtiéndolo en un amasijo sanguinolento que no gorjeaba pero que me atormentaba con la misma e insistente pregunta: ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué los ha hecho? Fue como si el Dios del Antiguo Testamento hubiese descendido hasta mi jardín, y señalándo mi crimen, me hiciera sentir como Caín después de asesinar a su hermano.

Y como Caín también, yo llevo desde entonces la marca de los asesinos. En aquella ocasión fui rematadamente malvado. Me deshice del cuerpo, que envolví en un trapo, y lo oculté entre unas zarzas, en un prado cercano a mi casa. Procuré olvidarme de aquello, pero lo cierto es que nunca pude y aún hoy me cruza un escalofrío cada vez que recuerdo este episodio que siempre manchará mi vida. ¿Cómo hacerme perdonar? ¿Cómo limpiar mis manos de aquella sangre? A veces me justifico y pienso que sólo era un niño asustado por las consecuencias de una travesura. Yo sé que no es cierto.

En el internado

Esta mañana me he mirado en el espejo y me he descubierto un barrillo cerca de la nariz. Es blanco, grasiento y me pica cuando lo acaricio suavemente con la yema del dedo. Este granito sin importancia, este espinilla demasiado delicada, me está pidiendo que la apriete entre mis dedos hasta reventarla. A ciertas mujeres les encanta extraer estas sebosidades de la espalda de sus parejas, tarea a la que suelen dedicar con minuciosa morbosidad. Qué cosa más extraña este juego que suele verse en las playas y que a mí me resulta del todo repugnante. En los tiempos del internado, con quince o dieciséis años, había en mi clase uno de esos chicos al que la desgracia le había caído en pleno rostro. Se apellidaba Santaella y tenía unos granos enormes. Llevaba mal su patología –qué otra cosa podría ser aquel rostro de topografía lunar-, así que nunca te miraba a los ojos o lo hacía de lado, siempre con la cabeza gacha, avergonzado de su acné recalcitrante y brutal. Todos nos compadecíamos de él. Sentíamos que la suya era una vida triste y un poco paria. A esa edad en que las chicas suelen enamorarse de las pieles tersas y elásticas de los adolescentes, aquel rostro era condenatorio, como una marca excluyente que le cerrara las puertas de la primera sexualidad. En una ocasión recuerdo que se estaba rascando una de aquellas costras de color pardusco cuando, de repente, se reventó sin querer un grano. Entonces un líquido, mezcla de pus y sangre, brotó como de un surtidor para caer en la camisa blanca de una de las chicas más guapas de la clase. Incluso ahora puedo ver el revuelo que causó aquel suceso y las lágrimas de impotencia y humillación que aquel pobre muchacho vertió cuando pudo apreciar el asco que aquella supuración nos produjo a todos. La chica, con gran dignidad, reprimió su náusea y tuvo incluso la delicadeza de hablar con el pobre Santaella, minimizar su desgracia, lo que no consiguió. Meses después, nos contó uno de los profesores, el chico se cortó las venas en su casa, atormentado por sus granos terribles. Los padres lo encontraron en la bañera con todos los granos sajados, como si antes de poner fin a su vida hubiese intentado por última vez librarse de su maldición. No estuvimos allí para salvarlo.

lunes, marzo 06, 2006

Un clavel en la solapa

-Dime, ¿por qué compramos un libro?, preguntó con diurnidad y alevosía.
-¿Qué libro?, preguntó acomodándose a su asalto dialéctico.
-No sé, cualquier libro.
-Bueno, eso depende.
-Entiendo...
-No te aflijas. Es que muchas veces no sé por qué compro un libro.
-Quieres decir que compras libros compulsivamente.
-No, simplemente que los libros me eligen a mí.
-Vamos, hombre...
-Que sí, que sí. El otro día “El barón rampante” me guiñó un ojo. Y hace un mes, más o menos, curioseaba un librería de viejo y una antigua edición de “La isla del tesoro” me silbó al oído una conocida melodía pirata.
-¿Has ido al psiquiatra?
-La verdad es que no.
-Creo que ya es hora.
-No estoy loco. No tanto como algunos solapistas.
-¿Solapistas?
-Sí, solapistas. Los que redactan las solapas de los libros, los que magnifican, los que ponderan, los que ensalzan la gloria (muchas veces efímera) de los escritores. Son, en ocasiones, los responsables de que leamos muchos libros, algunos buenos y algunos malos, pero responsables al fin y al cabo.
-¿Y están locos como tú dices?
-Muchísimos. No me fío de ellos.

El hombre despidió a su amigo un poco trastornado y enfiló la avenida ancha y desierta de su vieja ciudad de provincias. Casi sin pensarlo, atraído por el atractivo escaparate, se detuvo frente a la librería. En menos de lo que uno tarda en decir “novela”, dirigió los lentos tijeratazos de sus pasos hacia la puerta. Unos instantes después, el librero le sonreía complacido, como sólo lo hace un niño a su padre en el trance de exigirle un juguete.

Pronto comenzó el donoso escrutinio. El eco de las voces de su trastornado amigo resonaba próximo, como en algunas películas: "La solapa, mira la solapa", escuchó mientras manoseaba De lecturas y algo de mundo (Seix Barral), de Álvaro Mutis:

“La hidalguía característica del estilo de Álvaro Mutis, que aúna el gusto por el esplendor verbal y la sutil ironía de lo aparentemente extemporáneo, otorga su nervadura a estas páginas” y bla bla bla.

Un estilo hidalgo -no sabemos si quijotesco también- a lomos del esplendor verbal y la sutil ironía (todas las ironías son sutiles como de noche todos los gatos son pardos) de lo aparentemente extemporáneo, otorgando su nervadura a estas páginas...”

Sensacional, fantástico, maravilloso, que dirían en la tele. Sublime, como diría Luis Antonio de Villena, esta obra cuyo solapa se remata con un inspiradísimo “vigor personalísimo dibujan la cartografía de una fecunda aventura del espíritu”.

Y todo, pensó, para hablar de un libro que refrita unos por lo demás interesantísimos artículos y reseñas del autor. Obra sin duda modesta en la trayectoria del creador de Maqroll, pero que debe ser convenientemente rebozada por un puñado de epítetos. Cosas del márketing, pensó.

Más inquientante le pareció a nuestro personaje, la descripción estilística: “Con su inagotable curiosidad intelectual y sus profundos conocimientos (¿por qué no emplear abisales?) literarios e históricos, Álvaro Mutis, poeta y narrador, penetra en su propia cultura para mostrarnos caminos olvidados, riquezas escondidas, historias ejemplares, o la verdad escueta acerca de las facetas, profundas (oh, adjetivo repetido que echa a perder una hermosa enumeración), del mundo que nos rodea (claro, el mundo siempre nos rodea).

Burdas patrañas. Como que la nieve es blanca, por narices se le supone un mínimo de “curiosidad intelectual” a nuestro querido amigo Mutis, “poeta y narrador”, del que nunca (repetimos, nunca) dudamos de sus “conocimientos literarios e históricos”, como de muchos otros escritores. Por si fuera poco, como para dar solidez a sus afirmaciones, el solapista se pierde por las trampas de un lirismo de alcoba con chimenea sobre “el mundo que nos rodea” y sus “caminos olvidados” (ay, todos se olvidan) y “riquezas escondidas”.

De Mutis pasó a Jose Luis Ferris, menos conocido pero no obstante perseverante escritor, quien recientemente ha publicado El amor y la nada (Planeta). Bajo este título a lo Sartre y poco afortunado se esconde una biografía alternativa del poeta Miguel Hernández, bastante insulsa por cierto, aderezada por una solapa de altura:

“Madrid, hacia 1930 (nótese la imprecisión de la fecha y el tono policíaco de su comienzo). Escritores y artistas comparten una misma aventura. Federico García Lorca, Pablo Neruda, Rafael Alberti (ojo con su viuda), Luis Cernuda, Maruja Mallo, Margarita Xirgu (nótese también la ausencia de la Y copulativa en este desfile de personalidades). En este hervidero de creatividad, de profundas transformaciones (si no son profundas no valen) sociales y políticas, aparece Manuel Gilabert (Miguel Hernández novelado), un poeta rural, absolutamente sublime, absolutamente entregado a la pasión del verso (son muchos absolutos terminados en mente), a la intrincada búsqueda de la gloria. Pero muere joven y existen retazos de su vida que son un misterio”. Si fuera posible, aunque ya se andará con eso del libro electrónico, este fragmento debería acompañarse con una apasionada melodía de violines.

Luego, de una forma harto imprecisa (aunque el asesino es el mayordomo), continúa con el cuerpo de la solapa, que remata con una coda. “En El amor y la nada, José Luis Ferris nos cuenta de una manera irresistible una historia verdadera con personajes tan reales que se confunden sin remedio en la imaginación del autor”. Lo ideal sería que se confundieran (con remedio o sin él) en la imaginación del lector, que para eso paga, pero parece que no hay tu tía. El autor, el autor, siempre el autor.

A estas alturas, nuestro personaje, un poco contagiado de la libresca locura de su amigo, comienza a considerar la terrible arbitrariedad de las solapas, su inanidad, la forma tan vaga de hablar de algo que ya está dicho. Claro que más problemas presenta la poesía. En la mayoría de los casos, no vienen acompañadas de las solapas; en otros, suele ser un poema del propio autor el que nos invita a la lectura. En el peor, fatuas divagaciones, aburridas consideraciones sobre “la esencia de la verdadera palabra”, que nos ponen los pelos de punta y nos invita a la intrigante lectura de El asombroso mundo de las esporas.

No faltan, como hemos dicho, las “sutiles ironías” en las solapas, ni las “crónicas incisivas de la actualidad” (muchas veces rabiosas), como tampoco los “prolíficos escritores” ni las “jovenes promesas” ni las “agudas miradas y al mismo tiempo reflexivas”. Todo vale si uno tiene que maquillar el agrietado rostro de algunas prosas menesterosas o simplemente geniales.

Hay casos más lamentables. Son aquellos en los que las solapas nos acribillan con citas extraídas del New York Times o el Albacete Herald. “Es un moderno Tom Wolfe negro que evoca lo terrible de la condición humana” o (esta es mejor) “gracias a Michel Houllebecq la literatura está lejos de decir su última palabra”, versión literaria esta del mito del bíblico del mesías que nos ofrece Gérard Guégan en la solapa de Ampliación del campo de batalla (Anagrama). Excelente novela, por cierto.

La solapa universal

Te ofrecemos un modelo infalible para confeccionar tus propias solapas. No importa que usted sea cervantino, quevedesco o benetiano, o un escritor novel o de gran prestigio. Nuestras recomendaciones le facilitarán la ardua tarea de glosar en pocas palabras el contenido de su obra maestra, de forma ignota y convencional, y salir así al paso de en las librerías. Consulte a su agente literario antes de administrarse estos consejos. Puede producir verborrea y asfixiamiento.

“TITULO es una novela que refleja, con acidez e ironía no exenta de intensa emoción, los tiempos de la convulsa sociedad del siglo EL QUE SEA y de la condición humana. Sus protagonistas, seres que habitan el pálpito de la más hondas contradicciones, conforman un vívido caleidoscopio de pasiones reunidas en clave ADJETIVO. De esta forma, FULANITO, a través de un estilo mordaz e incisivo nos descubre en toda su desnudez los resortes del comportamiento del hombre moderno. Es probablemente la desesperada llamada del autor al fenómeno tan extendido del decaimiento de los valores, la amenaza de la incomunicación, la crisis de la pareja, el liberalismo económico, la soledad, el sexo sin protección y la muerte de Dios”.

Publicado originariamente en Notodo.com

María la portuguesa

«¿Me darás placer oral?», le dice una dulcísima María de Medeiros, casi de peluche, a un rudo Bruce Willis, puro hormigón, en Pulp Fiction. Han pasado ya diez años desde que escuché en el cine aquella bendita frase, pronunciada con esa ternura que nos está vedada incluso a los hombres que, como yo, no son de pelo en pecho. Hoy, según veo en el periódico, la pasan por televisión y me quedaré a ver cómo Willis se cabrea con mi fetiche por haberse dejado el reloj en el «cangurito».

Dobles y triples

Esta mañana, en Lamiak, me he sentido feliz de pronto. No he parado de fijarme en uno de los camareros. Aunque tenía el pelo negro, se parecía al Woody Allen de Bananas: pelo revuelto en las sienes, tonsura, gafas de pasta negra, cráneo de bombilla, cierto aspecto de divertido desamparo que me han llevado a pensar que, tal vez, este tipo ha mejorado intencionadamente una semejanza que me parece muy poco casual. Al acercarme a la barra para pedir una ronda de cañas, una chica de aspecto moderno, pero a pesar de todo poco atractiva, le ha dicho: “Oye, ¿te han dicho alguna vez que te pareces a Woody Allen?”. El camarero a sonreído con desgana, como compadeciendo su ocurrencia, y me ha parecido que ha hecho un esfuerzo para no soltarle una grosería. Ah, si la chica hubiese sido más guapa… Creo que el chico le habría dado palique. Si uno es tan feo como Woody Allen, parece obligado enamorar a una guapa con la inteligencia centelleante y respingona de una Diane Keaton.

A mí también me gustaría parecerme a Woody Allen. Pero lo cierto es que soy infinitamente más guapo que él, tengo más pelo y no me he criado en Brooklyn. (Del barrio de Salamanca sólo pueden salir gente inconcreta y despistada como yo, o primos de clase alta que los fines de semana se van a celebrar capeas a Valdemorillo).

Nunca me he abrazado neuróticamente a la religión más cercana, ni me atormenta la idea de la muerte o un tumor en mi cerebro “del tamaño de una pelota de baloncesto”. No, no puedo ser como Woody Allen y haber pensado de niño que “el universo se expande”, llenándome de pavor la sola idea de que el universo es tan elástico como un chicle en la boca de una cajera de supermercado. Tampoco tengo una gracia casual y genuina para el diálogo mientras camino por las aceras de mi ciudad, este Madrid que ya quisiera yo tuviese una grandeza a la altura de Rapshody in Blue de Gershwin. Ni sé decir con gracia, después de hacer el amor: “Es la primera vez que me lo paso tan bien sin reírme”.

No, lamentablemente, no soy Woody Allen, ni soy judío. Además, tengo muy poco interés por el cine de Ingmar Bergman, aunque considere que La hora de los lobos es una de las mejores películas de terror que he visto en mi vida, y por lo demás me gusta Wagner, lo escucho a todas horas, y no por eso me entran unas ganas tremendas de invadir Polonia.

Es muy difícil que alguna vez yo pueda ser Woody Allen, aunque ya me gustaría parecerme un poco al feo más inteligente que conozco, ceder un poco de mi modesta belleza a la causa de una genialidad como la suya. Esto, por supuesto, es más difícil que parecerse sin más a Woody Allen, que es lo que hacía esta mañana ese usurpador de prestigios que ha despreciado la simpática ocurrencia de esa chica moderna que lo saludaba como a uno de los grandes genios de nuestro tiempo.

Mi falso doble de Woody es doblemente falso. Todos, bien pensados, no tenemos un doble, sino dos. Existe un triple, una identidad trinitaria que nunca está en el sí, nunca está en el no, empatado con nuestras dos mitades. Nunca gana, nunca pierde, aunque tiene ya ganada una victoria, y se pitorrea de nosotros, ya que apenas lo conocemos. Ese tercero, ese triple carácter, suele aparecerse en nuestros peores momentos. No para contradecirnos, sino para ofrecernos un tercer camino, esa alternativa que sólo toman los desesperados y que termina en una vía muerta llena de vagones oxidados. No hay que escuchar jamás a ese tercero en discordia. Cree, si acaso, en el primer doble, en nuestro segundo de a bordo, en ese que aspira a relevar al capitán de su tarea rectora. Al menos tiene ganas de pilotar el mismo barco.

Genealogía del horror

Suele decirse que la novela es el género literario por excelencia del siglo XIX. Esta afirmación no es errónea, pero ya se sabe, la novela siempre ha sido un género de gran éxito popular. Si admitimos que la novela decimonónica describió la lucha del individuo contra las instituciones, si ejemplificó las aspiraciones de una cierta burguesía y, en cierta forma, fue su reflejo, entonces sí, la novela es el gran envoltorio textual del siglo de Dickens, Flaubert y Balzac. Pero si hablamos de evasión, de imaginación disparada hacia lo desconocido, si hablamos de la duda o de la decadencia, si creímos que en algún momento el progreso científico pudo amenazar –o amenaza- la supervivencia del ser humano, de una mórbida atracción por la muerte o del retorno a los orígenes, entonces es necesario hablar del cuento fantástico y del siglo XIX.

Nada mejor que el cuento fantástico para penetrar en las oscuras interioridades del individuo y explorar su sensibilidad más radical, vislumbrar sus estructuras paleomentales y liberar al animal sometido al dictado de la razón. Nada mejor para recuperar lo olvidado, edificando, si fuera preciso, sobre lo monstruoso, lo irreal o lo gótico. Esta es la esencia del cuento fantástico y esa es su modernidad, que sirvió para que el hombre hablara de cosas que le atañen muy cerca: el miedo, la sexualidad, la muerte y el asombro por lo desconocido.

Pero el hombre actual no sólo lee. Va al cine, alquila DVD´s, consume música en el coche, navega por Internet. Su imaginación es perezosa y su capacidad de asombro es muy escasa. Se ha acostumbrado a contemplar la muerte vía satélite y piensa: “Eso sólo le ocurre a los demás”. No obstante, la muerte, el misterio, lo desconocido, siguen estando ahí, acechando, no siempre para asestarnos un zarpazo, pero están. Basta con que nos zambullamos en la lectura de un cuento de terror o de una aventura fantástica para volver a experimentar esa sensación, no siempre incómoda, que nos precipita en el vértigo, en el Maélstrom –si leemos a Poe-. Más que nunca, el lector actual de literatura fantástica es un lector nostálgico, porque echa en falta algo y cree poder recuperarlo.

Es posible que ese lector no necesite explicarse por qué le gusta tanto estremecerse con las pesadillas de Lovecraft, de Hoffmann o de Hawthorne, pero tiene que saber que en el siglo XIX, el siglo de los románticos, las levitas y el ajenjo fue un siglo que se atrevió a imaginar lo pavoroso, de saltar sin red hacia lo desconocido.

La narración fantástica tiene sus antecedentes más inmediatos en el cuento filosófico francés, en la terreno de la pura especulación abstracta y moral. Contradictoriamente, el siglo XVIII, el siglo de la racionalidad, plantó la semilla de la irracionalidad, como muy bien comprendió Goya, que pintó esa fractura del alma del hombre en sus pinturas negras. Saturno devorando a sus hijos no está muy lejos de esas malvadas madrastras de los cuentos infantiles. El cuento de terror y Voltaire son casi contemporáneos. De hecho, la forma de narrar del ingenioso francés en Cándido es tan vertiginosa, tan cinemática, que recuerda a los desenlaces de los cuentos de terror o las ghost stories inglesas. Basta con leer la excéntrica forma de presentarnos las peripecias de Cándido y Pangloss para creernos que estamos ante una relato fantástico. Esto se cumple tan a rajatabla que el terremoto que se describe en el libro, y que realmente ocurrió en Lisboa hace tres siglos, nos parece una burda argucia narrativa.

Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, no es un cuento para niños. Cierto que posee elementos muy atractivos para una mente infantil, pero es una obra tan irónica y pesimista, que uno no llega a comprender por qué se han realizado adaptaciones cinematográficas y series de dibujos animados. El factor Dysney ha sido determinante, ya que la verdadera intención de su autor no fue entretener, sino poner en solfa las instituciones británicas, parodiándolas. Gigantes, liliputienses, caballos que hablan, científicos chalados y un protagonista caído en el abismo de lo absurdo son elementos que hay que tener en cuenta. Swift sabía el poder alegórico de la narración fantástica.

El siglo XVIII es también el siglo en que Galland traduce al francés Las mil y una noches, probablemente el más maravilloso de los cuentos maravillosos. Este título que no es arbitrario (los árabes antiguos detestaban las cifras redondas) ya está sugiriendo el prodigio. Sherezade, para evitar su muerte, se compromete a narrarle todas las noches a su esposo, que amenaza con matarla, un cuento. El ingenio de esta mujer es tan prolífico, tan a la altura de un Lope de Vega, que el lector corre peligro de perderse en el infinito. Simbad, el Roc, Aladino y el Genio (dígase Efrit) aparecen desperdigados por sus páginas, que contienen también un alto grado de erotismo. Otra vez interviene el factor Dysney, corrompiéndolo todo, y una reacción opuesta: la picante adaptación cinematográfica de Pasolini.

En todo caso, de tanto plantearse la realidad física, social y económica, cansada de tanta abstracción, la literatura llegó a un punto en el que comenzó a plantearse la realidad, a preguntarse si realmente valía la pena tanto silogismo bicornuto, tanta mecánica celeste si lo que realmente nos inquieta está en nosotros mismos y no puede aliviarse con teoremas o fórmulas matemáticas.

Estos fecundos antecedentes, por citar tres ejemplos muy sobresalientes, estimularon la imaginación de ciertos lectores que allá por la Alemania imperial quisieron ser protagonistas de su propio literatura: los románticos alemanes, con los nace el cuento fantástico.

Los románticos, inspirados por el idealismo filosófico y por dar cuerpo a su realidad interior, dejaron libre su mente, hablaron de lo subjetivo y finalmente esclarecieron el significado del símbolo. De este período, muy por encima de los demás, sobresale Hoffmann, autor de Las minas de Falun y de esa pequeña pieza maestra que es El hombre de arena.

Este es probablemente el cuento que mejor convoca la tradición gótica alemana. Plantea desde un principio la duda entre lo real-concreto y lo irreal-imaginario. La tranquila vida burguesa de su melancólico protagonista se interrumpe fatalmente por la aparición de un misterioso hombre que de niño llamaba El Hombre de Arena (el coco infantil) con consecuencias fatales. Pero el verdadero hallazgo no está siquiera en su arquitectura narrativa, hábil aunque convencional, sino en los resortes que desencadenan los terroríficos episodios de delirio. Un siglo antes de que se publique “La interpretación de los sueños” Hoffmann introduce algo similar al inconsciente freudiano, aunque en un grado muy elemental. El elemento fantástico es relativo. Existe, pero no por eso el protagonista deja de ser un perturbado.

Sí hay que mencionar la aparición en este relato de Olimpia, la autómata, el ser artificial que posteriormente y en el mismo siglo sería explotado por Mary Shelley y su engendro viviente. Una invención no del todo original, porque toda cultura registra seres animados artificialmente. Ya en la mitología griega aparece el gigante de bronce Talos, precursor de los androides galácticos; los judíos tienen al gólem de Praga, ese simulacro que tanto fascinó a Borges. Habrá que esperar al siglo XX para que el checo Karel Kapek en R.U.R hable por primera vez del robot (esclavo).

Las minas de Falun adopta una visión diferente de lo fantástico y nos introduce de lleno en ese sense of wonder que describen los especialistas anglosajones. La exaltación romántica y sombría de la naturaleza alcanza cotas insospechadas. En esta narración el mundo subterráneo y mineral posee un encanto tan asombroso que su protagonista, Ellis, llega a renunciar a la luz del sol porque cree haber encontrado su paraíso ideal. Pero hay algo más importante en un discurso fantástico y que está presente aquí: el significado, el poder alegórico que esconden esas cavernas...

Fue un brillante principio. En esa misma época escribe también Eichendorff, precursor de los mundos paralelos, quien en Historia de un holgazán relata el viaje de Tannhäuser al paraíso erótico de Venus. El compositor Richard Wagner le dedicaría una de sus más conocidas óperas.

La herencia del cuento fantástico alemán es tan rica que haría falta una tesis doctoral de mil páginas para poder dar cuenta de todos sus autores, pero no podríamos pasar página a este espléndido episodio de la literatura si no citásemos Isabel de Egipto, de Chamisso. Y por supuesto a Jan Potocki, genio de lo bizarro, término que emplean los ingleses para definir las historias que mezclan lo terrorífico, lo erótico y lo exótico. Es el autor de El manuscrito encontrado en Zaragoza, narración de narraciones en la línea de Las mil y una noches. La propia historia del libro resulta de por sí fantástica, porque desapareció durante casi siglo y medio. No se encontró hasta 1958.

Hablar de cuento fantástico es hablar de “cuento a lo Hoffmann”, afirma Italo Calvino. Hoffman no sólo establece la perplejidad frente a un hecho increíble, presentando distintos niveles de realidad en sus relatos, sino que deja siempre un lugar para la explicación racional. El elemento sobrenatural no es necesario para crear una atmósfera fantástica. De hecho, habría que distinguir entre lo fantástico y lo maravilloso, que es una aceptación de lo inverosímil. El propio filósofo Arthur Schopenhauer consagró Ensayo sobre las visiones de fantasmas a la explicación racional de apariciones de espectros, pero habría que explicar por qué lo hizo, si tan escéptico se mostró con este asunto. ¿Sense of wonder?

El cuento gótico, que incorpora elementos fantásticos y sobrenaturales, merece una atención aparte. Es un género autóctono de Inglaterra y arranca con la publicación de El castillo de Otranto (1764) de Horace Walpole, narración melodramática y sensacionalista que causó cierto malestar entre la comunidad literaria de la época por incorporar una estética de ultratumba. Pero esa estética podía rastrearse en los graveyards poets, en Thompson y Gray, y en la oscura y enfermiza poetisa Anne Radcliffe. Su imaginería es netamente romántica, se relaciona con una devaluación de lo apolíneo de la literatura clasicista, se vincula al exceso y se instala en las húmedas y sombrías arquitecturas que dan nombre al género. Sus temas se vinculan por lo común a la imposibilidad de consumar un amor y a la recuperación del pasado, ya sea mítico, medieval o infantil. Ruinas, templos, profanaciones, enfermedades, asimetrías, desorden, naturaleza corrompida y una particular forma de susurrar al oído del lector palabras impronunciables dieron forma al género.

Si hay un autor que convoque todo el poder de lo gótico ese es Edgar Allan Poe, descubierto en Europa gracias a las primeras traducciones realizadas por Baudelaire. Poe frecuentó todos los temas posibles de la literatura gótica, si exceptuamos el vampirismo y la licantropía, más explotados en el siglo XX por el cinematógrafo. Por lo demás, todo está en Poe: casas encantadas (“La caída de la casa Usher”), bromas macabras (“El barril de amontillado”), el mesmerismo (“El extraño caso del señor Valdemar”), la aventuras fantásticas “El descenso del Maëlstrom”, etc.

Heredero directo de Poe es, sin duda, mi autor fantástico favorito, el blasfemo y tumefacto Lovecraft.

La razón se acaba imponiendo en el siglo XIX, aunque los románticos supieron que en nuestra memoria genética aún perdura el pavor del hombre primitivo ante lo desconocido. Pero también la atracción por el mal en estado puro y el goce por la contemplación de lo escabroso movieron a estos escritores a plasmar sus pesadillas particulares. El norteamericano Howard Philips Lovecraft (1890-1937), cuya vida fue realmente de pesadilla, se olvidó del cuento tradicional inglés de muertos que deambulan y elevó sus fantasías a la categoría de cosmogonía del espanto. El vampiro del doctor Polidori, secretario de Lord Byron, o el humano recompuesto de Mary Shelley fueron cadáveres animados planteados como blasfemias. Drácula, de Bram Stoker, fue la exagerada visión de la sexualidad en plena y puritana era victoriana. ¿Qué se puede decir de las impronunciables deidades Cthulhu y Nyarlathohep?

Quizá lo más interesante es el absoluto paganismo de sus planteamientos. Toda la tradición que precedió a Lovecraft, que era ateo, hundió sus raíces en el cristianismo, ensuciándolo. Frankestein y Drácula eran desafíos, cumplidas prohibiciones impuestas por Dios. Cthulhu, el durmiente de los océanos, es una deidad monstruosa e irracional procedente de algún lugar del universo. Es el horror sin forma, la neurosis colectiva que envenena la especie humana arbitrariamente.

Lo sobresaliente también del universo lovecraftiano es que fue sistematizado. A la manera del panteón griego o romano, sus aberrantes deidades fueron jerarquizadas, ordenadas por áreas de influencia, las cuales podían ser invocadas mediante el Necronomicón, el libro de los muertos. Esto permitió que apareciera lo que se llamaría “Círculo de Lovecraft”, toda una generación de escritores que continuaron con el legado del maestro con los que llegaría a mantener amistad por correspondencia y un fructífero intercambio de ideas. De esta manera, su obra se transformó en un trabajo colectivo. A cada uno de ellos llegaría a bautizarles: Robert E. Howard, el creador de Conan, fue Bob Dos Pistolas; Frank Belknap, Belknapius; Robert Bloch, Bho-Blok; Virgil Finlay, Monstro Ligriv. Su más que digno discípulo, August Derleth, fue el Conde d´Erlette.

Lovecraft comenzó como un epígono de Lord Dunsany y acabó como patriarca de un verdadero culto literario. Hasta 1926, con La llamada de Cthulhu, no maduraría su particular ciclo mitológico, que dominarían las lóbregas casonas de Nueva Inglaterra, la maldita ciudad portuaria de Innsmouth o el manicomio de Arkham, todo una geografía recreada para albergar el terror. Sus aplicados alumnos habitaron con sus freudianas pulsiones estos lugares y completaron los mitos para ofrecernos algunas de las mejores páginas del género.

Los mitos de Cthulhu (Alianza Editorial) es probablemente la mejor selección de narraciones disponibles en castellano. Incluye algunos de los mejores cuentos del propio Lovecraft y de tres de sus mejores seguidores: Derleth, Bloch y Campbell. Viajes al otro mundo (Alianza Editorial), es el ciclo de aventuras de Randolph Carter, el atribulado héroe del escritor. Con La habitación cerrada (Alianza Editorial), escrita por Derleth a partir de los borradores del propio Lovecraft, el lector de habla hispana puede completar su aproximación al horror cósmico de esta espantosa saga.

El cine según Ramón

«No soy un escritor, ni un pensador: soy un mirador». Lo decía Ramón Gómez de la Serna, autor psicotrónico, en el prefacio de su libro El Circo. «Miro y nada más», añadía. Luego, en una reciente edición de Cinelandia que reposa en mi mesa mientras escribo estas líneas, insiste: «La palabra está en los ojos».

Como la greguería, píldora de ingenio, la visión de Ramón es poética y cinematográfica. Se advierte en ocasiones en su obsesiva astucia, en su manera revirada de tantear las cosas, como si abusara de ellas, en ocasiones pervirtiendo su normalidad, otras veces erosionando con poesía sus perfiles más rutinarios, pero siempre con ternura. «Un tarugo de madera, un gran clavo, un cenicero, son elementos filosofales, claves del universo...»

Y el cine, la gran farsa del siglo XX, que lo atrae con sus acharolados zapatos hollywoodienses, mucho antes de que oscuros cronistas (Kenneth Anger) la transformaran en una Babilonia pecaminosa. El cine, sobre el que escribió con gran ironía, lo reclama como uno de sus hijos predilectos, solicitándole patente de ramonismo, derecho de asombro, misticismo de chamarilería.

El cine, que entonces comenzaba a penetrar en el lóbulo frontal de la imaginación colectiva, infeccionando de bovarysmo nuestras costumbres, alicatando nuestras penumbras con estrellas de brillos presocráticos. El cine.

La gran caverna de Platón es hoy un multicine donde quedan suspendidas las realidades que no son tersas ni puras y adolecen de ramplonería. El cine, sobre el que Ramón escribió frases estupendas, como ésta, tan actual aún: «La falsa ciudad tenía una mañana dormida. Nadie por las calles, todas las aceras sin huella». De qué otra forma podría ser hoy Los Angeles, ese bastión de sueños que hizo posible Sunset Boulevard. Allí todo amanecer es un crimen y un foco cerca la perturbada silueta de Gloria Swanson, mientras desciende las escaleras de la locura. Esto ocurre en «la ciudad que va a arder mañana».

A buen seguro que Ramón, tan coleccionista, habría poseído una gran videoteca en su casa, para espiar dos, tres y hasta diez veces Sinfonía de una ciudad, como un Paul Morand sedentario, mientras incuba la gordura del niño pera. Tal vez Ramón fue el niño pera de las vanguardias, harto de esa vieja España de la añoranza, el camino viejo y el tedio colonial. Es el niño pera del cine.

El cine, que Baroja no entendió, es para Ramón una delicatessen propicia al paladar de los gourmands –no confundir con gourmet-, en que nos hemos convertido los cinéfilos. Ramón, que sólo hacía ascos al garbanzo de la mediocridad, prefiere los voluptuosos festines de Hollywood, con sus arcos voltaicos orlando la figura melancólica de Rodolfo Valentino, ese primer Brad Pitt que enamoró a las modistillas madrileñas con sus párpados cinéfluos. Ramón es un tragón al que la modorra encumbra a la cima de la gloria cinematográfica, mientras se toma un cócteil Charlot y desgrana, precisamente, la tesis del charlotismo, uno de los muchos «ismos» que censó este habitante del torreón de la calle Velázquez.

¿Qué cine de hoy hubiese gustado al gordinflón? Uno quisiera saber si, efectivamente, el cine de hoy habría gustado al Ramón de ayer. Esta anacronía sin posibilidad, sin solución, es fascinante.

Pero el cine, convertido ya en comadreo, en ciencia académica, en esnobismo para clases medias, es ya otra cosa. No hay persona que no crea que sabe algo de cine y, sin embargo, lo mejor del cine sería no conocerlo en absoluto. Quiero recordar ahora ese asombro que experimentaron los obreros de Rusia ante el visionado de El acorazado Potemkin, incapaces de descifrar el desfile de imágenes vertiginosas. Yo quisiera ser como ellos, no saber nada, para comprenderlo desde un principio. Ser visualmente un analfabeto, haberme quedado en los prodigios de una barraca de feria y alcanzar por un instante la libertad de un rudo obrero comunista.

Pero he visto mucho cine, tanto que podría decir, como Roy Batty: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto brillar rayos C en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia".

La importancia de leer a Wilde

“Todo arte es a la vez superficie y símbolo”, leemos en el prefacio de El retrato de Dorian Gray, obra maniquea y pudorosamente desencantada con la que Wilde se reinvento a sí mismo. ¿Acaso no llegó a decir que el acto de escribir era desagradable? “No es un fin en sí mismo”, proclamó una vez el brillante speaker que se paseaba –la barbilla orgullosa- por los amplios pero asfixiantes salones victorianos.

Vida y obra, inseparables, juego de espejos enfrentados.

Hubo, no obstante, una voluntad de interpretar sus libros, de traspasar los márgenes del papel y continuar con el arte en la rutina del espacio social, en los jardines del tedio, en las avenidas de la hipocresía. El orden suele ser el siguiente: primero es el autor; después, la obra. Con Wilde tal vez ocurra al contrario, que el escritor viva según lo escrito, confirmando con hechos los inconsistentes trazos de su literatura.

¿Acaso un escritor no está condenado a comportarse como su propia obra? Si la obra de un escritor es frívola, éste debe mostrarse frívolo. Si prescinde del humor –como Hemingway-, ¿no debe volarse la tapa de los sesos? Ahí reside probablemente el enigma de Wilde, su dandismo, en el abigarramiento de dos materias insolubles, vida y obra, realidad y deseo.

Un modesto narrador

Se le conoce como el padre de la fantasía heroica y el creador del impetuoso bárbaro Conan. A diferencia de Lovecraft, que consintió que otros continuaran su obra, nadie pidió permiso al estadounidense Robert Erwin Howard (1906-1936) para que su héroe continuará viviendo sucesivas aventuras en libros escritos por continuadores a los que muchos han acusado de no tener escrúpulos. Escritor prolífico, poeta, atleta aventajado, Howard fue uno de los exitosos autores que publicaron en la revista popular Weird Tales, especilizada en relatos de fantasía y ciencia-ficción. Eran los tiempos de la literatura pulp, llamada así por el papel barato en el que se imprimía. Eran también los años del “Círculo de Lovecraft”, al que llegaría a pertenecer y del que llegaría a tomar prestadas algunas ideas para el mundo de Conan.

Es cierto que se lo puso muy fácil a sus usurpadores. El más conocido es L. Sprague de Camp y, probablemente, el más inspirado. Todo fue posible porque Howard definió nítidamente los contornos del mundo en que se movía el cimmerio: la era Hyboria, una ingeniosa hipótesis con aroma de leyenda, ya que el mundo de Conan es nuestro mundo antes del gran cataclismo que formó los continentes tal y como los conocemos. Un mundo violento donde todos los problemas podían solucionarse con la espada. Y en él un héroe que sobresale por encima de los demás, brutal, incorruptible, pero con un firme sentido del honor, un personaje atractivo muy bien definido.

Lo que más llama la atención de la saga de Conan es la ausencia de pretensiones. A su coetáneo Dashiell Hammet nadie le discute su calidad literaria, aunque publicó en ediciones “pulp” algunas páginas memorables de la novela negra. Howard no sobresalía por la brillantez de su estilo ni por la elaboración de sus tramas. Sin embargo, poesía el encanto de contar historias de forma directa, sin artificios, con ingenua pureza. En eso no es peor que Emilio Salgari, al que se ha sobrevalorado. Todo esto y el éxito masivo e indiscutible de Conan propició que otros continuaran con su historia. Lo curioso es que Howard cerró el ciclo. La última de las aventuras del bárbaro, Conan de las Islas, situadas en una más que prehistórica América, no relata su muerte, aunque deja bien claro que desaparece y nunca más se supo. Sin embargo, su autor dejó abundantes lagunas en su vida. Por ahí hincaron el diente L. Sprague de Camp y compañía.

El Conan de Howard sólo existió en narraciones cortas. Algunos continuadores se atravieron a novelar sus correrías, pervirtiendo el espíritu original del personaje. En algunos casos, estuvieron a la altura (Sprague de Camp), pero en ningún caso superaron Conan el bárbaro, La espada de Conan o Conan el conquistador. Robert Jordan (Conan el defensor), Edward Wagner (Conan y el camino de los reyes), Paul Anderson (Conan el rebelde) o Steve Perry (Conan el intrépido) intentaron imitar su estilo con diferente fortuna. La editorial Martínez Roca acapara todas las ediciones del personaje, apócrifas o no. La película de John Milius, aunque vigorosa, apenas respeta el modelo literario.

¿Por qué a mí me tocó ser yo?

Siglos y siglos y sólo en el presente suceden los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí...

Fernando Pessoa

Tipos raros (II)

Hay en la Tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wugnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos Dios aniquilaría el género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben. Esta mística creencia de los judíos ha sido expuesta por Max Brod. La remota raíz puede buscarse en el capítulo diecicho del Génesis, donde el Señor declara que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere diez hombres justos. Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb. Jorge Luis Borges, fragmento de "El libro de los seres imaginarios".

Poseo la extraña habilidad de estar en dos sitios a la vez. Hablo de forma literal, quiero que lo entendáis, porque de otra manera podrías pensar que estoy loco. Puedo estar aquí y puedo estar allí, aunque es difícil de explicar. No recuerdo desde cuándo ni por qué me sucede. Ya no me parece raro. Vosotros quizá no os lo podáis imaginar, pero mi vida fue bastante complicada. Pensad si no en vosotros mismos cuando os sentís demasiados agotados o no tenéis dinero o hace demasiado frío como para atreveros a salir a la calle en pleno invierno. Es agotador vivir multiplicado por dos.

Con veinte años llegué a la conclusión de que no era un hombre. Era una de esas partículas infinitesimales de carga eléctrica negativa que los físicos llaman electrón y que virtualmente no tiene masa. Su existencia se reduce a dar vueltas y vueltas en torno al núcleo del átomo. A principios de siglo, un tal señor Planck empezó a estudiar eso que solemos imaginar como una bolita azul que gira vertiginosamente como un satélite que se ha vuelto loco.

Gracias al señor Planck os puedo ofrecer la explicación más coherente de lo que me sucede. Primero os tenéis que imaginar a vosotros mismos dos veces, pero no como un doble o una repetición inferior a un original. Dos veces. Con las mismas probabilidades de responder con las mismas palabras una misma pregunta o de estornudar en el mismo lugar a la misma hora con la misma sonoridad. Pensad en un yo que vive simultáneamente dos existencias que no son estrictamente diferentes pero que tampoco son iguales. Lo único que las diferencia es un lugar distinto en el espacio.

El señor Planck, según he leído, es el descubridor de las teoría de los cuanta, unas partículas más pequeñas aún que el electrón de las que todavía se sabe muy poco. Muchos hombres que llevan gafas de pasta negra y trajes grises y aburridos se ganan la vida estudiando los cuanta. Se llaman físicos y han sabido descifrar parcialmente mi enigma, que no tiene cura. Uno de esos hombres más importantes ya ha muerto. Se llamaba Heisenberg y postuló el Principio de Incertidumbre.

Os explicaré, para que lo podáis entender, cómo funciona el Principio de Incertidumbre aplicado a mi caso. Cualquiera de los dos cuerpos de los que me compongo aparecen de repente, como por cosa de embrujo, en otra parte. Si una de mis partes está en la azotea del State Empire Building, ¿quién sabe?, quizá cinco minutos después me encuentre ante la fachada del Taj Mahal, en la India, y un americano y su mujer que están de vacaciones me piden por favor que les haga una foto con esa maravilla de fondo. Al mismo tiempo, la otra parte que soy, paseando a orillas del Ródano en Ginebra, viaja instantáneamente y sin venir a cuento hasta Valencia, donde me encuentro con la agradable sorpresa de que toda la ciudad está celebrando las Fallas.

No, no tengo dos mentes y dos memorias, pero tampoco puedo decir lo contrario. Digamos que vivo proyectado dos veces sobre el mundo y lo que le sucede a Pedro, una de mis partes, le afecta de alguna manera a la otra, a John. Pedro se enamoró hace ya mucho tiempo en Estambul de una bella holandesa. La cosa no acabó muy bien. Después de dos semanas de apasionado idilio, aparecí de repente en Colombia, justo en el momento en el que los narcos se liaban a tiros con los paramilitares. Por poco no lo cuento. No sé que hubiese pasado si uno de mis yo hubiese muerto, pero prefiero no averiguarlo.

El caso es que ya era tarde para viajar a Estambul. Para cuando llegara, mi querida Teresa ya habría empezado a odiar al desalmado que la había abandonado sin explicaciones. No sólo quedó huella de la tragedia en Pedro; de alguna manera John también supo que había perdido al amor de su vida. De todas formas, he de reconocer que podrían sucederme cosas peores. Todavía no he aparecido en el Atlántico, de noche, a 500 kilómetros de ninguna parte. Siempre que viajo toco tierra, afortunadamente. Tampoco, y cruzo los dedos, he aparecido en el Polo Norte instantes después de estar tomando el sol en Benidorm, que es un sitio que me gusta mucho. ¿Os imagináis el resfriado?

Alguna vez la gente ha podido ver con sus propios ojos la aparición, al estilo Houdini. Pero no nunca está dispuesta a creerse lo que acaba de ver. Es un alivio saber que a uno no le van a confundir con la Virgen de Fátima. Pero he estado en apuros. Hace unos años me estaba duchando en un albergue de Munich cuando me sobrevino un episodio cuántico. Segundos después hice una aparición estelar en un plató de televisión donde se emitía en directo un debate, si no recuerdo mal, sobre la eutanasia. Los contertulios se quedaron pasmados cuando advirtieron que un individuo desnudo estaba tarareando delante de sus narices una canción de Pet Shop Boys. No tardaron mucho en reducirme y llevarme a comisaría, donde me acusaron injustamente de exhibición impúdica, y nada menos que ante miles de espectadores. A la mañana siguiente, el guardia de turno no pudo encontrarme en la celda. Me encontraba muy lejos. En Acapulco.

A veces John o Pedro, no importa de quien hablemos, han vivido largo tiempo sin interrupciones cuánticas. John ha aguantado más tiempo. Un año, tres meses y siete días, para ser concretos, durante los cuales pudo hacer una vida más o menos normal como escritor de libros de viajes. Se echó una novia y todo y descubrió que uno de sus placeres favoritos es no moverse del sillón durante horas, mientras Claudette le lee poemas de Walt Whitman en voz muy baja. Os podéis imaginar cómo acabo todo. Pobre, Claudette, espero que no haya sufrido mucho.

Paralelamente, Pedro las pasó canutas en Afganistán, convivió con el pueblo saharaui, participó en la campaña electoral de un político estadounidense y visitó Perú, donde conoció a un viejo hechicero indígena que le habló del mundo de los espíritus. Le contó al viejo lo que le sucedía y este le narró la fábula de El Hombre de las Dos Cuerpos. Según le contó, mientras compartían el humo de una pipa, hace mucho tiempo vivieron dos hombres que poseían el mismo espíritu. Ninguno de los dos se conocía, pues vivían muy lejos el uno del otro, pero pasaron los años y se encontraron. Nada más verse cayeron al suelo y murieron. Nunca he comprendido lo que quiso decirme, pero guardo muy bien recuerdo de Juancho y de su pipa.

Algunas personas me preguntan que de dónde soy. Debe ser por mi forma de hablar. Yo les digo que soy de todas partes y de ninguna. Les maravilla mi extraño acento, tan cambiante por mis continuos e impredecibles viajes. Es cierto que nací en Madrid, en el barrio de Chamberí, pero pocos estarían dispuestos a creerlo. Hablo a la perfección doce lenguas y chapurreo sin dificultad una veintena. El que más me gusta es el bantú, porque tiene las leyendas más hermosas que he escuchado nunca y las mujeres que pronuncian sus palabras parece que cantan muy tristes, como si el viento fuera a llevarse a sus hijos.

No sé si mi otro yo nació simultáneamente en otra parte del mundo. Creo que no. Prefiero pensar que sólo nací una vez. Quizá en algún momento fui nada más que uno, pero no lo recuerdo. He intentado descubrir las secretas leyes que rigen mi existencia y he desistido. Matemáticamente no es posible predecir cuándo volveré a experimentar un episodio cuántico. Nunca he sabido, momentos antes, cuándo iba a ocurrirme. Al principio me mostraba francamente desorientado y a duras penas reprimía una náusea. Pero uno se acostumbra a todo y llegó el día en que asumí la cuota de azar de mi existencia. Sí, calculé, en cambio, el tiempo medio que transcurría de un viaje a otro: siete días.

La física moderna sostiene que los cuanta son los ladrillos de la materia. Cuesta creer que los objetos que nos rodean –la mesa sobre la que escribo, la vela que ilumina mi soledad, mi propio rostro- están compuestos por partes más pequeñas, por esencias inconcebibles que hacen posible las cosas. Porque, me pregunto, ¿soy real? ¿Soy más que la materia de la que me compongo? ¿O sólo soy un hombre con un extraño don que no sabe cómo utilizar? Muchas veces me he preguntado lo mismo y sólo he sabido responderme con silencio. Es la única forma de elocuencia que conozco.

Mayor número de pesadillas me ha deparado el hecho de ser dos en uno. Temí muchas veces que esto no fuera completamente cierto. Es muy difícil comprenderme. Nunca sentí que John y Pedro fueran distintos, aunque cuando os hable parezca que son dos personas completamente ajenas a mí. Supongo que a algunos católicos les resulta difícil entender que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Yo, que nunca he acariciado la divinidad, he pensado que soy una aberración.

A veces tengo episodios cuánticos muy seguidos. He llegado a estar en un sólo día en Lima, en Tokio, en Albacete, en Dallas y en un lugar que del que no sabría aseguraros si es Noruega o Finlandia. No es raro que aparezca en sitios deshabitados, alejados de las grandes ciudades, o en desiertos. Una vez aparecí en una butaca de primera clase de un Boeing 747 que cubría la línea Berlín-Barcelona. Menudo susto se llevó la azafata. Antes de tener que pasar el mal trago de pasar por la aduana, me esfumé y aparecí en Sydney en el preciso instante en el que se inauguraban los Juegos Olímpicos. Fue emocionante vivir en directo ese acontecimiento.

Solo me ha ocurrido una vez, hace ya bastantes años. John paseaba por Zaragoza, era invierno y apenas se veía gente por la calle. Fue al doblar una esquina cuando se encontró con Pedro, que había viajado desde Santo Domingo. Se reconocieron inmediatamente. Al mirarse a los ojos se sintieron tan terriblemente diferentes por primera vez que se les hizo insoportable. No cruzaron palabras y mucho menos intentaron tocarse. Salvo por las ropas, más veraniegas las de Pedro, eran físicamente idénticos: el mismo pelo, los mismos lunares en las mejillas, la misma mirada melancólica. Después se dieron la vuelta y se marcharon. Imaginaos penetrar en la superficie de un espejo donde un ser igual a vosotros os mira, como si os pudierais recrear en la plenitud de vuestros vicios y virtudes, compartiendo, además, las mismas tristezas, anhelando idénticas alegrías y corroborando angustias gemelas.

En los últimos años mi problema se ha agudizado. Me queda el consuelo de que las cosas aún pueden cambiar, ya que hubo un momento en que comencé a viajar al futuro y al pasado. Hace diez años, el 1 de septiembre de 1939, los ejércitos de Hitler atravesaban las fronteras de Polonia e invadían el país. Carlos estaba en Londres y, por un instante, estuvo tentado de hablar con Churchill y advertirle de lo que iba a suceder. Pensaba que no podría demorarse una respuesta, que pronto llegaría el horror de una guerra terrible. Menos mal que recapacité. Yo no debo hacer nada para evitarlo, afirma Einstein en la Teoría General de la Relatividad. Podría desordenar el tiempo y el espacio con la misma facilidad que unos granos de arena en la palma de una de mis cuatro manos.

Simultáneamente, John asistía al asesinato de Julio César, el 15 de marzo del año 44 antes de Cristo. Los libros de historia no mentían y su fiel amigo Cayo Bruto asestaba la puñalada final al dictador en el Capitolio. John pudo escuchar en la taberna cómo un viejo soldado hispano, tras conocer la noticia, pronunciaba con ironía: Veni, vidi, vici, palabras con las que quiso recordar al hombre que conquistó La Galia y acabó definitivamente con la República romana.

No quiero deciros que os deparará el futuro, que lo habrá, sin duda, y para todos los hombres, sin excepción. Bastante tengo con haber dejado pistas en esa marea interminable de hechos donde todos los hombres bañan sus destinos. No debo contar, como hice con mi adorada Akhesa en los cálidos atardeceres de Alejandría, los secretos, muchos de ellos desesperanzadores, de la humanidad. Si Dios existe, ha querido que uno de sus hijos sea como un electrón, atravesando el tiempo y el espacio al azar. ¿Quién puede saberlo? Es una carga demasiado pesada esta vida mía, estas dos vidas que comparten una sola conciencia. Ahora terminaré esta carta, cansado y vagamente feliz. Luego el anciano que soy, que somos, morirá tranquilo. El único testimonio de mi paso serán unas decenas de cuartetas firmadas por un tal Michel de Notredame y este prólogo, escrito en el aún improbable año de 2006 d. C.

El viejo mito

Don Juan, que nace como personaje literario definido en torno al año 1620 en “El burlador de Sevilla”, es un mito popular que brota espontáneamente en el imaginario colectivo. Antes que Don Juan existió el donjuán y el donjuanismo, aunque sin rebasar los límites de la leyenda o el mito. Sería Tirso el primero en proporcionarle estatura y peso específico a ese hombre de apellido tan notorio: Tenorio (rima ineludible y ripiosa).

Hoy como ayer permanece en la conciencia colectiva la imagen del donjuán, que no de Don Juan. Si esta se corresponde o no con la imagen que proyectan las numerosas obras que se han consagrado al personaje, no debe preocuparnos. En cada libro Don Juan posee distintos perfiles, pasando de la penumbra a la luz, de la condenación al final feliz, del arrepentimiento final a una culpabilidad aceptada y heroica. Don Juan no es más que el molde en el que diversos autores han vertido su escayola.

A Tirso de Molina suele atribuirse la invención de ese molde. Al igual que Shakespeare, que fusilaba historias y leyendas ajenas, el dramaturgo español no fue ajeno a la influencia de “El libro del buen amor”, de otro Juan, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, quien nos detalla en su obra una larga serie de aventuras eróticas con damas de alta alcurnia, plebeyas de buen ver y mejor tocar, burguesas aburridas y accesibles o serranas –cuidado con éstas- brutas y ninfómanas, sin olvidar, claro, a las aceitunadas moriscas toledanas o a las monjitas inocentes tocadas por la mano del señor y del diablo. Aventuras que terminaban en un estrepitoso fracaso, porque el buen amor, enseñó hipócritamente Juan Ruiz, es el del Señor.

Como Don Quijote, el personaje de Don Juan sólo pudo surgir en el Renacimiento. Y lo hizo como agitador social y traidor de clase. Los amoríos fugaces y ligeros no se avenían bien con los amores cortesanos y discretos del héroe medieval, un poco lelo y tontaina, acuciado tanto por la teología como por el honor. Don Juan aparece en escena cuando Dios cotiza menos y el hombre es un valor en alza.

De hecho, el héroe medieval siempre lo fue a priori, pues apenas encontraba obstáculos en su peripecia. Don Juan es sólo un hombre que siente una atracción exagerada por las mujeres, que debe superar las convenciones sociales merced a sus talentos y su fortuna, y que, en última instancia, desafía a Dios. Don Juan en “El burlador de Sevilla” deja claro desde un principio su normalidad cuando Isabela le interroga: “¿Quien eres, hombre?”. A lo que él responde: “Un hombre sin nombre”. Respuesta que evoca al astuto Ulises de “La Odisea”, cuando el cíclope, que amenaza con devorarlo, exige saber su nombre. “Soy Nadie”, responde el rey de Ítaca.

No obstante, la quintaesencia de Don Juan no es su voluntad de seducción. Tirso no pensaba precisamente en su donjuanismo, sino en su irrespetuosa relación con Dios. Cuando el burlador invita a cenar al difunto Don Gonzalo y éste, en efecto, acude puntualmente a la cita, está transgrediendo una ley divina. Más que un seductor es un hereje. Invitar a un difunto a cenar es negar el temor que Dios debe inspirar al creyente. Tirso y sus posteriores respetarían este esquema, el del convidado de piedra que arrastra a los infiernos al apóstata, cuyo pecado no es la conquista sexual, sino la irreverencia.

Los orígenes del convidado de piedra son remotos y apuntan a la creencia en las fatales cabezas que adivinan el futuro, presentes ya en Virgilio. Tradición que Cervantes recupera también para “El Quijote”. Historias de muertos que castigan a quien perturbe su eterno descanso son típicas de la Edad Media y enlaza con ese gusto por lo macabro del Barroco, sus “vanitas” y sus “Memento mori”.

Es la fábula de un tal Leoncio la que guarda una relación más estrecha con la historia del convidado. Esta versión primigenia, creada por los jesuitas de Ingolstadt, cumple, paso a paso, la del Don Juan de “El burlador de Sevilla”, pero hay que añadir que es italiana. Esto no nos invita a proclamar la españolidad de Don Juan –es un mito universal-, aunque existían antecedentes en nuestro país. Menéndez Pidal sostiene que el folclore germánico y francés poseen leyendas de hombres que invitan a cenar a los muertos.

En la península no faltan antecedentes, sobre todo en Galicia y Castilla. En esta última es donde se registra “El romance del galán y la calavera”, la historia más interesante de todas. Sin embargo, en “El burlador de Sevilla” el cráneo se sustituye por una estatua de piedra. ¿Por qué lo hizo así Tirso? Diversos expertos se refieren a Plutarco o Aristóteles, autores demasiado lejanos. Y eso es salirse de madre.

Con todo, la concepción popular de Don Juan da más importancia a su irrefrenable vocación de conquistador de doncellas. Aun en estos tiempos de corrección política y dictadura verbal, este personaje continúa originando simpatías, a pesar de su trasnochada conducta. Se habla de un donjuán como de un triunfador sexual, embustero pero encantador, fanfarrón y elegante, pero en última instancia irresistible. ¿Quién no querría parecerse un poco al personaje? Si nos enfrentamos a Don Juan, todos salimos perdiendo.

Y sin embargo, pese a los esfuerzos de Tirso, Molière y Da Ponte –autor del libreto del “Don Giovanni” de Mozart-, su imagen verdadera –si existe- no sería la que se le suele atribuir: la de alguien envidiable. Grandes intelectuales han despojado a Don Juan de parte de su carácter, como Stendhal o Albert Camus. Esto es así también por la cantidad de versiones que se han realizado, de las cuales no es fácil extraer coincidencias.

El Don Juan de Tirso es cualquier cosa menos un tipo envidiable. Lo que sucede es que el modelo estándar –si esto es posible- que ha perdurado en la mente de todos es el de Zorrilla, completamente sofisticado por un romanticismo cursi. Zorrilla no sólo dulcifica la trama, sino que salva in extremis a Don Juan de la condenación eterna. El final feliz en este caso viene condicionado por la necesidad de halagar al público burgués de la época.



Tirso habría lamentado que el público no advirtiera que el atractivo que se le supone a Don Juan es sólo un simple un gancho, un rasgo de humanidad para implicar al espectador. La seducción, pecado menor, es una forma de anunciar su vinculación al satanismo, al mal, presentado bajo toda forma de ruindades y vilezas. Hasta el siglo XVIII, todos los autores coincidieron en destacar el valor de fábula moralizante por la condición de antimodelo del personaje. Pobre Don Juan...

Los románticos pretendieron todo lo contrario. En ocasiones, su vinculación a lo satánico no desapareció. Baudelaire precisamente lo asocia en “Las flores del mal” con este concepto, que no debe tomarse como algo literal. Dios es el símbolo del orden social; el Diablo, el cambio, el devenir, la alternativa, como sugirió también Milton en “El paraíso perdido”. Es también el Don Juan revolucionario y rebelde de, por ejemplo, Lord Byron.

Zorrilla aspiró a menos. Simplemente lo transformó en un converso, en una criatura redimida por el amor de Doña Inés. Desde 1864, la obra de Zorrilla se viene representando el Día de Difuntos, pese a que la de Tirso evoca con más fuerza el tenebroso mundo de ultratumba. Que siga la tradición de un personaje incompleto, abierto, cortado en bisel. Don Juan nos sigue engañando porque no conocemos su verdadero rostro. Detrás de la máscara, no sabemos qué esconde. También se burla de nosotros, nos confunde.

Una de las últimas versiones nos la ofrece una película, “Don Juan De Marco”, protagonizada por Johny Depp. En esta ocasión el personaje se acerca más a los locos desatinos de Don Quijote que a las trampas amorosas del mito. Enfermo de amor y de sí mismo, este Don Juan tiene algo de pacotilla, de caricatura heroica. Sigue seduciendo, pero no recurre al ardid, a la falsedad. Es demasiado bueno para nuestro gusto, no para las hormonales adolescentes. Sólo es la sombra de otra sombra.

85 maneras de anudarse la corbata

¿Qué ciencia puede tener el nudo de la corbata? Mucha, responden Thomas Fink y Yong Mao, dos físicos de Cambridge que han empleado el modelo del movimiento atómico y las matemáticas para descubrir nuevas formas de estrangulamiento estético, algo que hubiese maravillado a Lewis Carroll, demente de la lógica. ¿Y qué han conseguido? Pues 83 estilos, 83 maneras de llevar corbata, 83 ejemplos de física aplicada a la elegancia.

Obviemos la pregunta de si tantos nudos son necesarios. No son convincentes las argumentaciones a favor de un número tan elevado de nudos, entre el que no se incluye el nudo de la horca, íntimo y fatal. Dejémonos llevar por las posibilidades y la combinatoria y, sobre todo, el placer de perder el tiempo con la patafísica. Si los nudos marineros sujetan bien las velas de los barcos y, además, son un juego, ¿por qué no habría de serlo esos otros que ciñen nuestras gargantas?

Fenomenología

La corbata. Asunto grave y de la máxima importancia en nuestra civilización, porque es un hecho que los animales nunca la han llevado. Por tanto, diremos que la corbata es un asunto exclusivamente humano y admite diferentes categorías. La génesis de la corbata, documentada por el The Art of Tying the Cravat (1828), comienza con la desaparición de la chalina, tan querida por Valle-Inclán, aunque hasta mediados del XIX la corbata no fue realmente una alternativa.

Según Fink y Mao, el primer nudo de corbata fue el “four-in-hand”, descubierto por los ingleses a mediados del siglo pasado. De esa remota fecha hasta el año 1997, cuando apareció el nudo Pratt, han pasado 150 años y, aunque cueste creerlo, no ha evolucionado mucho desde entonces. Se le atribuye al duque de Winsord la invención del nudo homónimo y su versión menos elaborada, el medio-Windsor. Pero poco más ha ocurrido.

Precisamente, en esto de la corbata los ingleses tienen mucho que decir, como sir Hardy Amies, quien en El traje del caballero inglés afirma: “Si nosotros, los británicos, no podemos atribuirnos la invención de la corbata moderna, ninguna otra nación puede hacerlo”. Esta forma de chauvinismo textil tal vez no tenga fundamento histórico, pero cuadra muy bien con las antiguas maneras inglesas, incómodas cuando se aplicaban a la vida cotidiana. Ese afán por complicarse la vida, apuntó Julio Camba, podía apreciarse también en las duras camas británicas.

Ese es el asunto, la incomodidad, de la que surge la elegancia. La corbata es una molestia, un trapo inútil del que podría colgar una piedra. La elegancia de la corbata no es innata, no se origina en la fábrica, sino en el estoicismo de su usuario. El maestro en el uso de la corbata hace notar, sin que se le note, que es una prenda casual, liviana y soportable.

Cuánto lástima nos produce el contemplar al hombre cuando, sofocado por una comida copiosa, decide aflojarse la corbata. Qué falta de dignidad, que ausencia de respeto por su propia imagen. Debería anotarse como falta grave, lo mismo que aliviarse de la americana en las mismas circunstancias.

Fink y Mao, hombres muy documentados –y a los que partir de ahora honraremos-, observan que desde el principio el hombre siempre sintió la necesidad de abrigarse el gaznate y nos muestran el primer testimonio, un soldado chino de terracota con un pañuelo anudado, versión primitiva que aún emplean chulapos, griposos y “cow boys” . Después del pañuelo, observan, bien pudo ser la gorguera, que popularizó Enrique VIII, aunque no han reparado en la posible relación de este atavío con el divorcio o la decapitación. En todo caso, esas peanas escaroladas que convertían a sus portadores en bustos vivientes son inseparables de figuras tales como Felipe II o Cervantes, que, como saben, fueron personajes muy importantes.

Ha habido, no obstante, periodos en la historia en los que cubrirse el cuello no estaba bien visto. Horacio consideraba “afeminado o enfermo” aquel que se lo cubriera con la toga o la mano, aunque al legionario, sometido a las inclemencias del tiempo, le estuviera permitido. Roma, a pesar de su gloria, también cometió errores.

La etimología de la palabra croata es “cravate”, término francés para designar la chalina. Es sorprendente cómo se originan las palabras, porque durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) el rey Luis XIII ordenó reclutar a un puñado de croatas para que ayudaran en la lucha contra los Habsburgo. Estos esforzados héroes llevaron las primeras chalinas al campo de batalla por primera vez en la historia . Suponemos que algunos sastres militares apreciaron las cualidades de la prenda de estos hombres rudos, porque The Oxford English Dictionary registra la palabra inglesa “cravat” y la relaciona con “croat” (croata). Sea como fuere, estos valientes pusieron de moda la “cravate”.

Si queréis saber más sobre el asunto consultad Las 85 maneras de anudarse la corbata (Debate), de Thomas Fink y Yong Mao, que han sabido casado felizmente la abstracción matemática con la vanidad humana, del que es alto ejemplo este libro.

Pragmática

“Anudarse la corbata es el primer paso importante que uno debe dar en la vida”. Sí, era ésto, y lo dijo Oscar Wilde, maestro de dandis y de villenas. Pero no supo –su mente era aguda, pero no matemática- que el calculo infinitesimal y el descubrimiento del núcleo del átomo de Rutherford podían ofrecer perspectivas distintas al "four-in-hand", al Windsor y al reciente nudo Pratt.



Las hipótesis de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad son, hoy por hoy, incompatibles. Los físicos teóricos, que piensan mucho, llevan años intentando conciliar estas dos formas de concebir el universo. No parece que hayan avanzado mucho. A lo más hablan de la “teoría de las cuerdas” en un intento desesperado de ordenar el caos que nos envuelve.

Fink y Mao, conscientes de sus limitaciones intelectuales, han aplicado la “teoría de las cuerdas” a las corbatas y no les ha ido mal. No lograrán el Premio Nobel, pero contribuirán con argumentos objetivos a la aparente arbitrariedad de las pasarelas de moda y a la locura de Galiano, huérfano de razones. Se trata de ordenar el caos a una escala menor, pero más relevante que la cuadratura del círculo.

Según “The Ashley Book of Knots” que citan en esta obra, el nudo “puede aplicarse a todas las formas que adquiere una cuerda, excepto las más accidentadas, como las marañas y los rizos y otras complejidades”. Si conocemos este axioma, concluimos que todos los caminos conducen a Roma y que hay tres tipos de nudos:

-El nudo llano o “half-hitch”.
-El nudo de rizo, que suele confundirse con el “granny”, y es poco útil.
-El nudo corredizo, más seguro que el “half-hitch”.

Estos modelos han sido los más empleados en la historia para liar pañuelos, golas, gorgueras y chalinas, constituyendo la estructura básica de los nudos. A partir de aquí, es posible todo estrangulamiento. No obstante, pese a su belleza intrínseca, omitiremos todos los pasos siguientes, porque su explicación rebasaría los límites dignos de legibilidad de este comentario. Así que iremos al grano.

El libro tiene un gran número de ilustraciones y fotografías para que el lector pueda guiarse por este cafarnaúm. Puede complementarse la lectura con la práctica simultánea, por lo que se recomienda tener a mano una corbata. Cada uno es responsable de sus gustos; los autores no especifican ni el color ni el tejido. A cierto conocido periodista ya retirado no le resultará difícil escoger un ejemplar reventón y colorista.

Bien equipados y con el libro en la mano, podrán ensayar el elemental “nudo de tres movimientos” (llamado también oriental), el ya citado nudo de cuatro movimientos (four-in-hand), el Plattsburgh , el Cavendish, el San Andrés... Así hasta 83 tipos. Todo depende de su narcisismo, del tiempo que esté dispuesto a perder o de su habilidad. Francamente, algunos son muy difíciles.

Sexo (Mi diccionario personal)

Los que piensan que el sexo es una actividad encaminada a la satisfacción de una necesidad física se equivocan. El sexo es la principal actividad de la vanidad. Ella es su causa, su impulso y su finalidad.

Prosopón

Siempre me gustó la expresión “sentirse abismado”. Todos, en algún momento del día, nos precipitamos desnudos al vacío. No son momentos especialmente brillantes y no poseen ese extraño simbolismo que nos invite a reflexionar. El abismo suele aparece espontáneamente y suele invitarnos a dar un paso en falso, a cometer un extraño suicidio moral. H. puede estar trabajando en la mesa de su oficina y de pronto levantar la mirada, vagamente aburrido, y contemplar lo que ocurre más allá del cristal de la ventana: en el peor de los casos, una pared de ladrillo sin revocar, sobre la que, jornada tras jornada, se pregunta por la extraña caligrafía de manchas, humedad y hollín. En esos instantes no siente nada, pero algo vibra en el aire, quizá una atmósfera de irrealidad. No es eso, ni mucho menos, porque no es capaz de comprenderlo, ni siquiera es una intuición de saberse frágil. Creo que es el momento en que todo hombre quisiera quitarse la máscara, nuestra vieja y querida amiga.

Tipos raros (I)

Existe –lo juro- el flanêur de los grandes almacenes, el mirón de la sección de perfumería que se pone bestia con las dependientas de pechos ablusados y oprimidos, maquilladas con habilidad desigual. Esas que andan muy suave con sus zuecos y huelen a cilantro, a camomila, a ozonopino, como en las novelas del socialrealismo. Constituyen la pequeña aristocracia de las empleadas y, dependiendo de la sección, las hay, si son mayores, con vuelos de marquesa. Lo normal es que vayan de princesas, de doncellas finas envueltas en los arrogantes tules de la significancia. Y lo son, efectivamente, para el observador experto que se parapeta en los mostradores para ponderar los muslos de aquella, rubia peliteñida, fondona y con un no sé qué de puta que lo excita en demasía.
En la panadería, me entiende un chico de rostro blando y abotargado. La pura imagen de la simpleza. Va vestido como un niño de seis años y tarda en reaccionar cuando le pido una barra de pan de leña. Debe de ser el hijo del jefe y tiene al menos los mismos años que yo. Alguna vez, cuando ha entrado una chica guapa, sus mejillas han enrojecido y, lleno de timidez, ha huido a la trastienda. Un caso patológico. Yo, en cambio, soy de esos tímidos que rápidamente apartan la mirada cuando una chica los mira. Cuando en alguna ocasión me he propuesto desafiar una mirada femenina, mi fracaso ha sido estrepitoso, total, pues paso de una dureza impostada a una blandura zangolotina y boba. No lo puedo evitar. Lo explica muy bien Pla cuando dice: “la mirada de reojo pide demasiada imaginación y tiene toda la insuficiencia de la hipótesis”. Y yo añado: “la mirada franca y directa exige una sumisión total a la evidencia”. Quedan así resumidas las dos grandes tendencias de la vida, la del señor Pla, que es sensual y materialista; y la mía, que aunque cobarde, es más especulativa.

Mi perra

Todas las mañanas, a eso de las nueve de la mañana, bajo con Boni a la calle, compró periódico y cigarrillos y nos encaminamos a un parque cercano al viejo mercado de San Fernando. Excitada por la promesa de juego, la perra tira de la correa con fuerza. Apenas puedo detenerla. Pese a mis advertencias, Boni, que es una tontorrona, no parece calmarse. Día tras día, a eso de las diez de la mañana, Boni tira de la correa ansiosa por la promesa del juego. Es una tontorrona cuando nos encaminamos al parque cercano al viejo mercado de San Fernando. No parece calmarse, todas las mañanas.

jueves, julio 28, 2005

Desde Rusia con amor

Lectores dilectos:

Me marcho a Rusia diez días. Os dejo con el atronante silencio que provocará mi ausencia. Pásenlo bien. Nos vemos. Nos leemos.

Zoom de sonido

Más de un siglo de grabaciones ha cambiado la forma en que escuchamos música y el modo en que se interpreta. Al fin y al cabo, la política también posee un sentido musical y cada época tiene su secreto acorde con el que hace bailar a la historia. Cuando sóno el primer cilindro que Edison grabó, en un viejo laboratorio de Newark (New Jersey), el fonógrafo ya era un viejo sueño del hombre. Se habían inventado las pianolas, que fueron, como las viejas tarjetas perforadas de las primitivas computadoras, la tecnología primera que hizo posible algo “realmente maravilloso”, según Josef Hofmann, el niño que ejecutó al piano la primera partitura grabada por el hombre.

El pianista y director alemán Hans von Bülow afirma que casi se desmayó tras escuchar su propia grabación de una mazurca de Chopin. Más tarde, en el laboratorio de Edison, registraría sobre un cilindro la sinfonía Heroica de Beethoven interpretada por la Metropolitan Opera House de Nueva York, grabación que no sobrevivió. Muy pocas de las primeras han llegado hasta nosotros, apenas un fragmento de Israel en Egipto de Händel, que August Mann dirigió en el Palacio de Cristal de Londres en 1888. Por lo demás, más allá del interés arqueológico, la pérdida no tuvo excesiva importancia. Las sinfonías de Beethoven se siguen escuchando en mi sistema 5.1. (Sí, ya sé que probablemente August Mann dirigiera muy bien, pero ¿a quién verdaderamente le importa?).

El primer problema fue la duplicación de originales, principal escollo para su comercialización. En los primeros tiempos la única forma de grabar era hacerlo directamente en un máximo de diez fonógrafos equipados con unas enormes campanas que recogían la música que producían orquestas de apenas ocho ejecutantes. Con una sola interpretación eran capaces de conseguir diez copias. Más era físicamente imposible: los aparatos eran duros de oído y no registraban bien el sonido a partir de cierta distancia. Un cantante solista sólo podía realizar tres grabaciones por ejecución, lo que le permitían las característica propias de la voz humana. ¿Cobraban los músicos por cada cilindro que grababan?

Por supuesto que no.

Habría arruinado a una industria que febrilmente comenzaba a grabar polkas, valses, himnos patrióticos, arias de óperas, tonadas populares...

Las cosas no han cambiado tanto desde Walter Benjamin. La música hace tiempo que perdió su “aura”. Desde que cualquiera de nosotros es capaz de reproducir música grabada en su casa, las cosas, sobre todo para la industria, siguen más o menos igual. Salvo por el hecho de que ahora mi amigo E. puede producir su Ep en casa y se han abierto caravanas alternativas de difusión. Ya saben que estoy hablando de internet, esa golosina prohibida que nos quiere quitar la SGAE y los defensores en general del apoltronamiento ideológico en sus más diversos grados de miseria.

Las cosas cambian, como de costumbre, pienso mientras mi deuvedé reproduce un cedé legal de Paolo Conte.

miércoles, julio 27, 2005

Misterio

Una galaxia típica como la nebulosa de Orión está rodeada de materia oscura. Esta sustancia compone la mayor parte de su estructura. Aunque no puede verse, la materia oscura puede ser detectada debido a sus efectos gravitatorios. La ironía es que el vacío se reparte por todas las partes del universo; el resto, lo existente, lo que tiene masa, en su gran mayoría es materia oscura. El secreto permanece bajo llave por un hipotético e improbable tahúr divino. Impenetrables, lejanas, negras (pues no irradian luz), los psicoanalistas del cosmos se empeñan en iluminar estas zonas desconocidas que constituyen el noventa por ciento del universo.

Poema de amor

Bendita sea la madre que te parió. Benditos
tus ojos, expertos en la busca. Y tus manos
morenas. Y tu pelo de Estigia,
largo como las noches de los viejos. Benditas
tus caderas, regias y jubilosas,
ceñidas de inquietud.

Bendita toda tú.
Porque te vi pasar, y temblé como rama en la tormenta.
Porque te vi reír, y llore (emocionado) igual que un crío.
Porque gracias a ti me olvide por completo
de estas tercas, furiosas
almorranas.


Víctor Botas es uno de mis poetas favoritos. Este poema pertenece a su libro Aguas mayores y menores, donde el poeta, romántico de clase media, nos muestra sus obsesiones: las puyas del deslenguado Marcial, las retorcidos fraseos de un Borges al que plagia con descaro y convicción, y lo mejora; el prólogo dedicado a Alfonso Guerra, en el que se pitorrea de Quevedo (y de Alfonso Guerra); su ironía culturalista, capaz de mostrarnos a un hombre que desprecia el oropel de la vida contemporánea y se burla de aquellos que sí lo hace. Lo vemos en la sátira No ser en modo alguno, cuando dice:

Qué bueno
no ser en modo alguno
imprescindible
como lo son tantísimos
Sin duda
ha de ser agobiante ese saberse
necesario
como el insomne dios de los teológos.


El requiebro humorístico también encuentra su momento. Lo vemos, por ejemplo, en In fraganti:

Al fondo del jardín
bajo las flores blancas del magnolio
estival
en cuclillas recuerdo
la sorprendí orinando

Se tapó como pudo (pero no
del todo, por si acaso)
y se puso a empujar gimoteando
para acabar primero
Tenía enormes pechos y mirada chiquita

Justo
al contrario de como a mí me gustan

Fue una pena.


Víctor Botas fue un poeta tremendo, pero no fue en modo alguno un poeta profesional. La mayor parte de su vida trabajó como tendero. Alguna vez se quejó de su situación, nos cuenta el poeta y crítico José Luis García Martín, su amigo en la tertulia del café Oliver. Han pasado once años desde la muerte de este hombre que se disfrazaba de hombre común, como Horacio, y sabía recrear, solemne, algunos de los mejores poemas de todos los tiempos, de John Donne pasando por Jorge de Sena. Leerlo nos cura de la mala retórica, de los malos poetas y de nosotros mismos, los peores de todos. La editorial Llibros del Pexe ha editado su poesía completa. Echenla un vistazo. Si gustan.

martes, julio 26, 2005

Los que fuimos

Toda la noche. Estuvimos toda la noche bebiendo, fumando, riendo, charlando, hasta el amanecer, ignorando todo lo que se quedaba atrás, insensibles al día que pronto comenzaría. La noche pasó con euforia, porque éramos indestructibles, geniales, casi niños en nuestra inconsciencia. No lo sabíamos, pero éramos felices. Aquella noche, como muchas otras, habíamos conseguido huir de los días, las semanas, los meses y los años futuros. Nada nos distinguía, salvo las sonrisas, los besos, las llamadas, las bromas y la creencia común de que acaparábamos todas las virtudes de nuestra época.